Congresistas presentan moción de vacancia por “incapacidad moral” y Jerí tiembla. El titular parece sacado de una saga repetida, pero no por eso pierde gravedad: cada vacancia anunciada es un recordatorio de que el Perú se gobierna con sobresaltos y que la estabilidad es un lujo que solo existe en discursos. La palabra “moral” se ha transformado en un instrumento político de doble filo: se invoca como bandera ética, pero se usa como palanca de poder. Y cuando esa palanca se activa, el país entero entra en modo incertidumbre.
El temblor de Jerí no se explica por una crisis de popularidad, sino por una crisis de credibilidad. El centro del problema es la sombra: reuniones no registradas con empresarios chinos, encuentros que no aparecen donde deberían aparecer, versiones que llegan tarde y detalles que se conocen por vías que nunca deberían reemplazar a la transparencia. Un presidente puede reunirse con empresarios, diplomáticos, inversionistas o quien corresponda. Lo que no puede es actuar como si la Presidencia fuera un espacio privado y la ciudadanía un público al que se le informa solo cuando estalla el escándalo.
La opacidad no es un delito en sí misma, pero es la antesala perfecta de los abusos. Es el terreno donde prosperan los favores, las influencias, los “te presento a”, los “me ayudas con”, los “te veo luego”, los “no lo pongas en agenda”. Y en un país con historial de corrupción y captura del Estado, esa sombra no se interpreta con ingenuidad: se interpreta con sospecha. Porque aquí la experiencia enseña más que las declaraciones.
En este contexto, la moción de vacancia aparece como sentencia política adelantada. En el Perú, la “incapacidad moral” no se mide con un estándar jurídico claro: se mide con votos. La moral se convierte en aritmética parlamentaria, en conteo de adhesiones, en cálculo de conveniencias. Por eso la salida de Jerí se percibe como inminente: no porque ya exista una verdad judicial definitiva, sino porque el aislamiento político lo va dejando sin oxígeno. Cuando un presidente pierde respaldo y queda atrapado en explicaciones defensivas, la vacancia deja de ser posibilidad y se vuelve horizonte.
Y aquí aparece un dato que desnuda el tablero: solo los fujimoristas lo defienden con claridad. No es un respaldo desinteresado; en política peruana, la defensa rara vez es gratuita. Cuando un bloque sostiene a un presidente acorralado, el país tiene derecho a preguntarse: ¿qué se protege realmente, al gobernante o al equilibrio de poder? ¿Se protege la institucionalidad o se protege el control del tiempo, la agenda, la transición, el “aguanta nomás”? Esa defensa, además, tiene un subtexto inquietante: “no lo saquemos ahora, está cerca el final”. Como si la ética tuviera calendario. Como si el escrutinio dependiera de cuánto falta para julio.
Si Jerí no puede explicar con claridad, con registros y con transparencia lo que hizo y por qué, pierde legitimidad. Pero si el Congreso usa la “incapacidad moral” como arma de presión y no como último recurso excepcional, también degrada la democracia. En esa pelea, el país queda rehén: no de la justicia, sino del cálculo.
Reflexión final
Jerí tiembla por el cargo. El Perú tiembla por costumbre. Y mientras la política se acostumbra a gobernar entre sombras y vacancias, la ciudadanía aprende lo peor: que la verdad siempre llega tarde, que la moral se negocia, y que la justicia —cuando aparece— suele hacerlo cuando ya no sirve para reparar nada. (Foto: Latina Noticias).
