El 47 % de peruanos decide su voto en las últimas semanas

El Instituto de Estudios Peruanos (IEP) acaba de ponerle números a una tragedia democrática: el 47% de peruanos decide su voto en las últimas semanas y, a dos meses y medio de las elecciones, más del 85% aún no ha pensado por quién votará para Diputados ni Senadores. No es indecisión: es orfandad política. El elector peruano no posterga su voto por pereza, sino porque la política le ha dado razones de sobra para desconfiar de todo y de todos.

Decidir a última hora es el reflejo de una democracia de última hora. Los partidos dejaron de ser proyectos y se convirtieron en vehículos electorales descartables. Los candidatos dejaron de ser estadistas en formación y se volvieron influencers del momento, expertos en indignación rentable y promesas sin respaldo. ¿Cómo decidir con anticipación si la oferta cambia de discurso según la encuesta de la semana y el escándalo del día?.

El IEP también revela un dato aún más corrosivo: más del 50% cree que las elecciones ayudarán poco o nada a mejorar el país. Es decir, votamos, pero no creemos. Participamos, pero no confiamos. Elegimos, pero no esperamos. Esa es la definición más precisa de una democracia fatigada: el ritual se cumple, pero la fe está muerta.

Y la política lo sabe. Por eso apuesta al votante de último minuto, ese 47% que decide bajo presión, miedo o marketing emocional. La indecisión es el terreno fértil del populismo, de la mentira fácil y del “anti” como programa de gobierno. En un país donde la mitad decide en la recta final, la política se convierte en guerra de titulares, no en competencia de ideas.

La desesperanza no es uniforme: golpea más fuerte a los pobres, a los menos educados, a los desinteresados por una política que nunca los representó. Y esa desigualdad en la esperanza es, en sí misma, una forma de injusticia estructural. La democracia peruana no solo es ineficiente; es profundamente excluyente en su capacidad de generar ilusión.

Lo más inquietante es el síntoma autoritario: cuando la política no funciona, la gente empieza a mirar con simpatía soluciones de fuerza, capturas espectaculares, intervenciones externas, mano dura sin debate. La frustración se vuelve nostalgia de orden, y el orden sin democracia suele terminar en abuso con aplausos.

El 47% que decide tarde no es un problema del ciudadano: es la radiografía de una clase política que fracasó en convencer, inspirar y liderar. La indecisión masiva no es apatía; es una huelga silenciosa contra un sistema que ofrece poco y promete mucho.

Reflexión final
Si la política peruana no recupera ética, coherencia y propuestas serias, seguiremos votando al borde del abismo, eligiendo entre males menores y celebrando mediocridades mayores. Porque una democracia donde la mayoría decide al final no es una democracia deliberativa: es una democracia en emergencia permanente. Y las emergencias, ya lo sabemos, son el terreno favorito del autoritarismo, la corrupción y el desgobierno. (Foto: La Lupa).

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