FIFA y poder: el fútbol convertido en herramienta política

La FIFA insiste en proclamarse “neutral”, pero bajo Gianni Infantino esa palabra suena más a slogan corporativo que a principio rector. El fútbol, el fenómeno cultural más poderoso del planeta, ha pasado de ser un espacio de encuentro global a convertirse en una herramienta diplomática al servicio de gobiernos. No por accidente. Por diseño. Y cuando el balón se pone a disposición del poder político, la ética queda reducida a una nota de prensa.

La influencia política en el fútbol no es una novedad, pero hoy se ejerce con mayor sofisticación. Antes se usaban dictaduras con estadios llenos; hoy se usan cumbres, premios, ceremonias y sonrisas protocolarias. Italia 1934 y Argentina 1978 mostraron cómo el fútbol puede legitimar regímenes. Infantino ha perfeccionado el modelo: no legitima con silencio, legitima con presencia.

El presidente de la FIFA ha entendido algo clave: el fútbol es capital simbólico puro. Un Mundial, una foto, un premio, una visita oficial pueden lavar más imagen que cien discursos. Por eso se pasea entre presidentes, celebra acuerdos con gobiernos y presenta la FIFA como un socio geopolítico. El mensaje es implícito pero contundente: el fútbol no solo entretiene, también respalda.

La coartada es siempre la misma: pragmatismo. “Hay que trabajar con los gobiernos”, dicen. Cierto. Pero trabajar no es someterse. Bajo Infantino, la FIFA parece más una cancillería paralela que un organismo deportivo. Se adapta a intereses estatales, evita conflictos con potencias, suaviza críticas y, cuando conviene, concede premios que parecen certificados de buena conducta. La neutralidad se vuelve selectiva: se aplica con rigor a federaciones débiles y con flexibilidad creativa a actores poderosos.

El doble estándar es evidente. Cuando un país pequeño incurre en injerencias, la FIFA amenaza con sanciones. Cuando una potencia condiciona, presiona o instrumentaliza el torneo, la FIFA sonríe y habla de “diálogo”. El reglamento se vuelve elástico según el tamaño del interlocutor. Esa no es gobernanza global; es realpolitik con balón.

Mientras tanto, el hincha paga el precio. Políticas migratorias restrictivas, tensiones sociales, inseguridad, propaganda estatal: todo entra en el paquete del “gran espectáculo”. La FIFA vende inclusión, pero no exige garantías universales. Vende fiesta, pero no se responsabiliza por las condiciones de esa fiesta. Y cuando la política usa el fútbol para distraer, legitimar o imponer narrativa, la FIFA no se incomoda: se fotografía.

Infantino no es solo un dirigente deportivo; es un gestor del poder simbólico. Ha puesto el fútbol a disposición de gobiernos como si fuera un activo diplomático. Y en ese proceso, la frontera entre deporte y propaganda se ha vuelto peligrosamente difusa.

Reflexión final
El fútbol pertenece a la gente, no a los despachos de Estado ni a los cálculos geopolíticos. Si la FIFA quiere hablar de ética, debe dejar de actuar como proveedor de legitimidad política. Porque cuando el balón se convierte en instrumento de poder, el deporte pierde su alma y la ciudadanía pierde uno de los pocos espacios verdaderamente universales. El fútbol no necesita presidentes agradecidos; necesita dirigentes incómodos frente al poder. Y hoy, la FIFA parece demasiado cómoda. (Foto: Johancruyff Institute).

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