En campaña, la política peruana suele disfrazar la continuidad de renovación. Se cambian los slogans, se ajustan los colores del logo y se renueva la puesta en escena, pero los rostros siguen siendo los mismos. César Acuña ha presentado como parte de su equipo de voceros a exministros del gobierno de Dina Boluarte, y el mensaje es tan evidente como incómodo: el poder no se renueva, se recicla.
En el equipo de Acuña figuran José Salardi, exministro de Economía y actual jefe del plan de gobierno; César Vásquez, exministro de Salud y hoy candidato al Senado; Juan José Santiváñez, exministro del Interior y de Justicia, también postulante al Senado; y César Sandoval, exministro de Transportes, candidato por La Libertad. A ellos se suman congresistas y dirigentes partidarios que transitan sin pudor entre el poder legislativo y la campaña, como si el Estado fuera una plataforma electoral permanente.
No se trata de negar trayectorias profesionales. El problema es político y ético. Estos nombres están asociados a una gestión que dejó una estela de crisis de legitimidad, cuestionamientos por la respuesta estatal a protestas sociales, una inseguridad desbordada y una sensación persistente de desgobierno. Incorporarlos como voceros no es neutral: es una señal de identidad, una apuesta por la continuidad de un modelo político que ya fue severamente cuestionado por la ciudadanía.
Acuña habla de grandes motores económicos, de proyectos mineros por más de 60 mil millones de dólares, de crecimiento adicional del PBI. El discurso suena atractivo en un país necesitado de empleo y estabilidad. Pero en el Perú el problema nunca ha sido solo económico: es institucional. No faltan proyectos; faltan reglas claras, transparencia y sanción real a la corrupción. Cuando quienes explican el futuro son los mismos que representaron un pasado reciente cargado de sombras, la promesa de orden se vuelve frágil.
Más preocupante aún es la lógica del blindaje político. Mientras se multiplican escándalos y crisis, los partidos prefieren el cálculo: comunicados, matices, “cuando corresponda”. La presencia de estos exministros junto a congresistas en campaña revela esa frontera difusa entre gobernar, legislar y hacer proselitismo. El Estado como escenario, la política como carrera personal, el ciudadano como espectador.
El equipo de voceros de Acuña no es solo una estrategia electoral. Es una fotografía del modelo que se ofrece al país: experiencia sin autocrítica, continuidad sin ruptura, pasado reciente presentado como futuro posible. Y eso, en un país golpeado por violencia, corrupción e indiferencia política, no es una promesa de cambio, sino una advertencia.
Reflexión final
Las Elecciones 2026 no deberían ser un concurso de reciclaje del poder. El Perú necesita algo más que exministros reubicados y congresistas en campaña permanente. Necesita coherencia, ética y memoria. Porque cuando los mismos nombres explican siempre las mismas promesas, la democracia deja de ser esperanza y se convierte en rutina. Y la rutina, en política, es el camino más corto hacia la resignación ciudadana. (Foto: Infobae).
