Hay lágrimas que no anuncian derrota, sino verdad. Y hay silencios que no esconden miedo, sino amor. Flavia Montes, central de la Universidad San Martín y una de las presencias más firmes de la Liga Peruana de Vóley, habló con el corazón en la mano. En el programa Somos Vóley de Latina Deportes, reveló por qué no se va aún al extranjero, por qué su talento —que podría volar— decide quedarse. No fue una respuesta fría ni un cálculo de carrera: fue un acto de ternura y lealtad hacia su madre y su abuelita, las dos columnas invisibles que han sostenido su vida.
Flavia no renuncia al sueño. Lo guarda, lo protege, lo pone en pausa como quien deja una luz encendida para volver. “He pensado muchas veces en jugar en el extranjero”, confesó, pero hoy su prioridad es entrenar, sanar, recuperarse de su lesión y pelear el campeonato con su equipo. Esa disciplina no es solo músculo: es paciencia. Y esa paciencia tiene nombre y rostro en casa.
Porque el motivo real —el que pesa más que cualquier contrato— se llama familia. Flavia ha vivido muchos años con su mamá y con su abuela, una mujer que fue clave en su crianza, en su carácter, en su manera de mirar el mundo. Su abuelita, ya cerca de una edad avanzada, es una razón que no cabe en estadísticas ni en vitrinas: “No quisiera estar lejos si le pasa algo o necesita algo”. Esa frase, sencilla y enorme, resume lo que muchas veces olvidamos: el éxito no sirve si no tienes con quién celebrarlo.
Y hay recuerdos que aún aprietan. Flavia habló del tiempo en que su madre sufría problemas de salud, con diabetes e hipertensión, y de esos momentos en que, en medio de partidos intensos, el corazón se le iba a la tribuna: verla descompensarse, correr a la clínica, preguntarse si todo estaba bien. “Me preocupaba mucho…”, dijo. Hoy su mamá está mejor, gracias a Dios, pero la memoria de esos sustos no se borra: se convierte en cuidado.
Por eso también, alguna vez, tuvo que decirle que no a la selección peruana. No por falta de amor al vóley, sino porque su escala de valores es clara: si algo debe ceder, será el deporte… nunca los suyos. Y cuando intentó agradecer, se quebró. Lloró al nombrar a su madre, a su abuela, a ese apoyo que no sale en la ficha técnica, pero que sostiene cada salto.
Flavia Montes nos recuerda que también hay grandeza en quedarse. Que no todo triunfo se mide en kilómetros, y que a veces la decisión más valiente es permanecer cerca de quienes te dieron raíces.
Reflexión final
En un país que aplaude la partida como si fuera la única forma de triunfo, Flavia Montes nos deja una lección silenciosa: también se gana cuando se elige cuidar. Porque el éxito, sin abrazo, se vuelve vacío; y la gloria, sin presencia, pesa menos que una visita a tiempo. El extranjero seguirá allí, con sus luces y promesas, pero la vida —la de verdad— no siempre da prórrogas. Hoy Flavia no se queda por miedo: se queda por amor. Y ese amor, el que sostiene a una madre, acompaña a una abuela y protege la casa donde nació el sueño, es una medalla que no cuelga del cuello… pero ilumina toda una carrera. (Foto: Prensa SMP).
