Jean Ferrari y Mano Menezes pueden traer lo que el fútbol peruano pide a gritos: método, profesionalismo, planificación y un discurso menos vacío. Pueden incluso ordenar la casa, definir roles, modernizar la observación y exigir más en la interna. Pero hay un límite que ningún entrenador ni dirigente puede maquillar: las metas no se alcanzan con buenas intenciones si no existe un plantel de alto nivel técnico, deportivo y profesional. El Perú puede cambiar de estratega, pero si no cambia de materia prima, el resultado seguirá siendo el mismo: promesa al inicio, choque con la realidad al final.
Menezes puede tener capacidad, experiencia y jerarquía. Ferrari puede tener voluntad de reforma y visión de proyecto. Sin embargo, hoy la selección peruana no cuenta con un bloque de jugadores élite para competir de igual a igual con la mayoría de selecciones sudamericanas. En la práctica, nuestro margen real de paridad está casi reducido a Chile y Bolivia; contra el resto, la brecha es técnica, física, táctica y mental. No es pesimismo: es diagnóstico. Y un proyecto serio empieza mirando el problema de frente, no maquillándolo con conferencias de prensa.
La raíz está en el ecosistema. La Liga1 es de bajo nivel competitivo: ritmo irregular, poca intensidad sostenida, escasa exigencia semana a semana, entrenamientos condicionados por canchas, viajes, arbitrajes y urgencias de corto plazo. En ese contexto, el futbolista se acostumbra a un fútbol donde se puede “descansar” dentro del partido, donde los duelos no se juegan al límite y donde la presión alta es la excepción, no la norma. Luego, cuando toca Eliminatoria, el salto es brutal: el rival no te da tiempo, te asfixia, te obliga a decidir en segundos y castiga cada control mal perfilado.
Pero lo más grave no está solo en la liga profesional: está debajo. No existe una estructura formativa sólida y uniforme. Los torneos de menores suelen ser pobres en calendario, infraestructura, visibilidad y calidad metodológica. Hay talentos que se pierden por captación tardía, por procesos discontinuos, por falta de preparación integral (nutrición, psicología deportiva, fuerza, prevención de lesiones, análisis de rendimiento). En países que compiten, el desarrollo del jugador es un sistema; aquí sigue siendo un acto de fe.
Por eso, el proyecto Menezes–Ferrari enfrenta una verdad incómoda: pueden hacer bien muchas cosas y aun así no llegar. Porque el fútbol no perdona la falta de “herramientas” individuales: primer control bajo presión, pase tenso, lectura de espacios, velocidad mental, disciplina táctica, agresividad competitiva, profesionalismo fuera de la cancha. Un entrenador puede diseñar un modelo posicional, un 4-2-3-1 o un sistema de presión; pero si el jugador no sostiene el estándar, el plan se convierte en pizarra bonita y partido perdido.
Y ahí aparece la metáfora inevitable: Mano Menezes puede ser un gran general, pero si no hay soldados, no ganará la guerra. No por incapacidad, sino por falta de recursos humanos.
Si la FPF realmente quiere metas, debe dejar de actuar como si el problema se resolviera con nombres. La selección necesita un proyecto país: elevar la Liga1 en intensidad y exigencia, fortalecer menores con torneos serios, profesionalizar scouting, estandarizar metodologías, invertir en rendimiento y construir un camino real hacia la élite. Sin eso, el “proceso” será otra palabra que se desgasta.
Reflexión final
O el Perú fabrica futbolistas de élite, o seguirá fabricando excusas elegantes. Ferrari y Menezes pueden ordenar la narrativa y el trabajo, sí. Pero la verdad es simple: sin material humano, no hay milagro posible. La Bicolor no necesita más promesas de protagonismo; necesita jugadores capaces de sostenerlo. Y eso no se consigue con discursos: se consigue con estructura, exigencia y futuro.
