Infantino y el Premio de la Paz a Trump: ¿conveniencia o sumisión?

Gianni Infantino no solo dirige la FIFA: también quiere dirigir el relato. Por eso insiste en justificar el “Premio de la Paz” a Donald Trump como si la palabra “paz” fuera una estampilla que se pega en el pecho del anfitrión correcto. En un momento en que crecen tensiones, críticas y hasta conversaciones de boicot al Mundial 2026, la pregunta es inevitable: ¿Infantino premia la paz… o premia al poder que necesita para que su Mundial salga perfecto?

La defensa de Infantino suena edificante: “cualquier cosa que podamos hacer para ayudar a la paz, deberíamos hacerlo”. Pero suena igual que esos comunicados que dicen “rechazamos todo tipo de violencia” y luego se guardan cuando llega la hora de incomodar al fuerte. Porque aquí el problema no es el deseo de paz —eso nadie lo discute—, sino el uso selectivo del concepto: paz como discurso, conveniencia como práctica.

Infantino incluso asegura que Trump “jugó un papel decisivo” en resolver conflictos y “salvar miles de vidas”. Es una afirmación enorme, lanzada con una ligereza que la FIFA jamás aceptaría si viniera de una federación pequeña pidiendo clemencia. Para castigar, la FIFA exige papeles; para premiar, le basta una frase bonita. Y eso revela el verdadero criterio: no es ético, es geopolítico.

Luego viene el acto de prestidigitación: cuando algunos en Europa hablan de boicot por el clima político y la seguridad, Infantino pregunta: “¿Por qué el fútbol?”. Como si el fútbol fuera un monasterio. Pero el mismo Infantino que exige que el fútbol no se mezcle con la política es el que sube a un escenario y entrega un premio cargado de política. Es decir: la política sí entra, pero por la puerta VIP.

El presidente de la FIFA también dice que el fútbol ayuda a “olvidar lo malo del mundo”. Bonita frase… siempre que no se use como licencia para mirar al costado. Porque “olvidar” no es lo mismo que “unir”, y un Mundial no es terapia colectiva: es un evento que debe garantizar trato digno a los visitantes y respeto a comunidades. Si el entorno genera miedo y tensión, la solución no es repartir premios, sino exigir compromisos verificables. Pero exigirle al anfitrión es incómodo. Premiarlo es más fácil.

Y ahí aparece la pregunta central: ¿conveniencia o sumisión? Conveniencia, porque el Mundial 2026 se juega principalmente en Estados Unidos y la FIFA necesita un aliado, no un problema. Sumisión, porque el premio funciona como gesto de lealtad: un “todo bien” institucional cuando lo que se debate en el mundo es precisamente si “todo bien” es creíble.

El “Premio de la Paz” no parece un reconocimiento; parece una póliza. No reduce tensiones: intenta maquillarlas. Y cuando la FIFA maquilla, la confianza se derrumba.

Reflexión final
Si Infantino quiere que el fútbol una al mundo, debería empezar por no convertir la paz en utilería de escenario. Porque cuando la FIFA reparte premios para blindar negocios, la pregunta ya no es si Trump merece un galardón. La pregunta es qué merece la FIFA por usar la palabra “paz” como herramienta de conveniencia. Y ahí el verdadero boicot no es de selecciones: es de credibilidad. (Foto: AS – Amber Searls).

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