“Miembros de mesa tendrían jornadas de casi 20 horas por complejidad de elecciones”. La frase suena técnica, pero esconde una realidad incómoda: el Estado ha diseñado una elección tan compleja que la democracia terminará midiéndose en horas de aguante ciudadano. El 12 de abril, miles de peruanos estarán desde las seis de la mañana hasta entrada la madrugada sosteniendo cinco procesos electorales en uno. Y la pregunta no es si podrán; la pregunta es por qué deben poder.
Cinco elecciones simultáneas no son un detalle logístico: son cinco conteos, cinco actas, cinco oportunidades de error humano cuando el cansancio ya venció a la atención. En un país con brechas de capacitación, presión de personeros y electores impacientes, exigir precisión a las tres de la mañana es apostar a la épica del “aguante” en lugar de a la ingeniería del proceso. La democracia, así, se convierte en prueba de resistencia, no en ejercicio de derechos.
Para “asegurar” la instalación de mesas, la ONPE amplía suplentes: nueve convocados por mesa. Y para “asegurar” la asistencia, llega la multa: si no firmas, pagas; si no votas, pagas; si llegas tarde, pagas. El mensaje es claro: el Estado no confía en tu compromiso; confía en la sanción. Y luego ofrece incentivos: un bono y un día libre compensable, más refrigerios. Es el trueque cívico versión peruana: largas horas por pequeñas compensaciones, con la amenaza siempre a la espalda.
El problema de fondo no es la retribución económica. Es el diseño institucional. ¿Por qué enfrentar la jornada más compleja de los últimos tiempos con el mismo esquema operativo de siempre, solo estirado hasta el límite? ¿Dónde están los turnos, los relevos reales, la simplificación de actas, la tecnología que reduzca carga sin sacrificar transparencia? Cuando el sistema falla, el dedo apunta al último eslabón: el miembro de mesa que se confundió, el ciudadano que no soportó 20 horas de tensión. La culpa se privatiza; el diseño se blinda.
En un país golpeado por la desconfianza, el riesgo es doble: el cansancio erosiona la precisión y la percepción de justicia del proceso. Y cuando la gente siente que el sistema la exprime para sostener una elección “histórica”, el entusiasmo cívico se convierte en resignación. No es una anécdota: es la antesala del descrédito.
No se construye legitimidad agotando a quienes la sostienen. Si la elección es compleja, el Estado debe ser más inteligente, no más exigente con el ciudadano.
Reflexión final
La democracia no debería funcionar como maratón obligatoria con multa al que se cae. Si el 12 de abril la república se apoya en jornadas de 20 horas, el problema no es la vocación cívica del peruano: es la comodidad del diseño público. Un Estado que planifica sin relevo termina pidiendo heroísmo. Y el heroísmo, en política, suele ocultar la falta de planificación. (Foto: Andina).
