Cáncer en el Perú: más del 50 % de los casos podría prevenirse

Hoy, 5 de febrero, el país despierta un día después de la fecha simbólica contra el cáncer. Ayer hubo lazos, comunicados y buenas intenciones. Hoy queda lo de siempre: hospitales desbordados, diagnósticos tardíos y familias empujadas al abismo económico. El dato es brutal y no admite eufemismos: más del 50% de los casos de cáncer en el Perú podría prevenirse y, aun así, más del 70% se detecta cuando ya es tarde. Eso no es infortunio sanitario. Es fracaso político reiterado.

El cáncer es una de las principales causas de muerte en el país. Se sabe qué tipos son más frecuentes, se conocen los factores de riesgo evitables, se tiene evidencia de que la detección temprana salva vidas y reduce costos. Pero el sistema sigue operando como si la prevención fuera un lujo presupuestal. Lima concentra servicios; el interior acumula demoras. El Estado centraliza recursos y descentraliza excusas. Y en ese trayecto, el tiempo —la variable más decisiva contra el cáncer— se pierde en colas, referencias, papeles y traslados.

Lo verdaderamente mordaz de esta historia es la normalización de la negligencia. Cada gobierno hereda el problema y lo administra como herencia maldita, no como prioridad impostergable. Pedro Castillo, Dina Boluarte, José Jerí: nombres distintos, la misma respuesta tibia. El cáncer aparece en discursos, no en el centro de la política pública. Se inauguran campañas, no sistemas. Se anuncian jornadas, no redes permanentes de tamizaje. Se publican afiches, no rutas rápidas de diagnóstico. La salud se vuelve un evento; la enfermedad, un negocio de la demora.

El argumento implícito es cínico: “no alcanza el presupuesto”. Pero el país sí alcanza para gastos que no salvan vidas. Prevenir cáncer es más barato que tratarlo tarde. Aun así, el Estado elige pagar después con dinero y con muertos. Es una decisión política, no una limitación técnica. Y cada diagnóstico tardío es una factura que el sistema decide cobrarle a una familia.

La escena se repite: una madre que llega cuando ya no hay margen, un padre que peregrina entre hospitales, un hijo que abandona estudios para acompañar tratamientos. El cáncer se vuelve pobreza, y la pobreza se vuelve cáncer. El Estado aparece como espectador con chaleco institucional: observa, registra, promete. No llega a tiempo.

No basta con conmemorar. Conmemorar sin cambiar es un ritual vacío. La prevención no puede seguir siendo una nota al pie de la política sanitaria. Debe ser su columna vertebral. Si más de la mitad de los casos es prevenible, entonces cada muerte evitable es una responsabilidad pública. Y cuando la responsabilidad se diluye en discursos, lo que queda es una ética en liquidación.

La Caja Negra exige un viraje: metas verificables, presupuesto protegido, tamizajes descentralizados y permanentes, servicios oncológicos fortalecidos fuera de Lima, rutas rápidas de diagnóstico y vacunación sostenida. No más campañas de un día; sistemas que funcionen los 365. No más anuncios; resultados auditables. No más centralismo que mata.

El cáncer no espera a que el Estado “coordine”. Avanza. Y cada día de demora es una decisión política que se paga con años de vida. El 4 de febrero se conmemora. El 5 de febrero se le pasa la factura al poder. Porque cuando lo prevenible se vuelve letal, la tragedia deja de ser médica y pasa a ser gubernamental. (Foto: Caretas).

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