“¿Qué candidatos lideran la intención de voto?” La pregunta parece de manual, pero en el Perú de 2026 suena a ironía. Según la encuesta de CPI difundida por RPP, el primer lugar apenas alcanza 14,6%. No es liderazgo: es minoría organizada. Y el segundo lugar, con 6,6%, confirma que la competencia no es por representar al país, sino por sobrevivir al descrédito general. En paralelo, 29% no decide y 15,8% votaría en blanco/viciado o no votaría. El gran ganador, otra vez, es el desencanto.
Liderar con 14,6% en una elección nacional no construye gobernabilidad; construye un espejismo. Es como celebrar que uno corre primero en una carrera donde la mayoría no se presentó. El tablero es el de siempre: nombres conocidos, promesas recicladas y un país que ya aprendió a desconfiar del discurso “firme” que luego se diluye en pactos, blindajes y silencios oportunos. La encuesta de CPI no dibuja un podio robusto; dibuja un archipiélago de frustraciones.
El problema no es solo quién va primero. Es por qué nadie despega. La inseguridad sigue cobrando vidas, la economía cotidiana aprieta, la corrupción se reacomoda, y la política responde con slogans. “Orden”, “mano firme”, “reactivación”. Palabras grandes para prácticas pequeñas. Por eso el 29% de indecisos no es indecisión: es un juicio suspendido. Es la ciudadanía diciendo “convénzanme con algo más que gestos”. Y el 15,8% que opta por blanco/viciado o no votar es la factura moral de años de promesas incumplidas: cuando la oferta no mejora, el consumidor se va.
Aquí está lo mordaz: los candidatos celebran décimas de crecimiento en intención de voto como si fueran avales éticos. No lo son. Son termómetros de un sistema febril. La política confunde ruido con respaldo y exposición con legitimidad. Y en ese error, normaliza la mediocridad del debate: menos propuestas verificables, más performance. Menos planes con metas, más frases para titulares.
El riesgo es que, con un electorado cansado, la elección se defina por descarte o por miedo. Y cuando el miedo manda, se toleran atajos: se relativiza el control, se justifica el abuso “por seguridad”, se perdona la corrupción “por gobernabilidad”. El Perú ya recorrió ese camino. Cada vez, terminó pagando con más violencia y menos justicia.
La encuesta de CPI no consagra líderes; desnuda una crisis de representación. Con porcentajes tan bajos en la cima, nadie puede hablar de mandato claro. Lo que hay es un país que no se siente representado.
Reflexión final
Si la política quiere recuperar legitimidad, debe dejar de celebrar primeros lugares raquíticos y empezar a construir confianza con propuestas medibles, equipos limpios y compromisos verificables. Mientras no lo haga, el “liderazgo” seguirá siendo del vacío. Y el vacío, en política, siempre lo llenan el autoritarismo, la improvisación o la corrupción. (Foto: Canal N).
