El mundo atraviesa un “nuevo desorden global”, con tensiones geopolíticas y reacomodos económicos. En medio de ese ruido, hay una señal clara: la demanda por cobre crece impulsada por la transición energética y la inteligencia artificial. El Perú, potencia minera por geología y ubicación, debería estar celebrando. Pero no. Hay bonanza global, y el Perú no la aprovecha. No por falta de recursos, sino por falta de reformas que destraben inversión, fortalezcan el Estado y conviertan riqueza en desarrollo.
Las cifras no engañan: hay más de US$60 mil millones en proyectos mineros listos para activarse. El país tiene 23 TLC, puertos con potencial de hub regional y una ubicación que podría convertirlo en corredor logístico del Pacífico. El guion está escrito. Lo que falta es dirección. Entre permisos que se empantanan, conflictividad mal gestionada y una burocracia que confunde control con parálisis, la bonanza choca con un muro administrativo.
El problema no es solo técnico; es político. El Estado crece en planilla —más de 2.5 millones de trabajadores— pero no en eficacia. Se multiplican oficinas, no resultados. Y el símbolo más obsceno de esta inercia son las obras paralizadas por S/25,000 millones: carreteras que no conectan, hospitales que no curan, proyectos que se oxidan mientras el país discute quién tiene la culpa. La descentralización prometió cercanía; en la práctica, dispersó responsabilidades y diluyó controles.
Peor aún: la riqueza no se convierte en capital humano. Con 43% de niños menores de cinco años con anemia, la bonanza minera se vuelve una ironía cruel. ¿De qué sirve exportar más cobre si el futuro del país crece con déficits cognitivos prevenibles? Los resultados educativos rezagados y las brechas en salud completan el retrato: un país que extrae rápido, pero forma lento.
El discurso logístico —“nuevo canal de Panamá”— suena inspirador en presentaciones. En el territorio, la ejecución tropieza con trámites, conflictos sin mediación efectiva y un Estado que reacciona tarde. El mercado lee la señal: riesgo alto, velocidad baja. Y la inversión se congela o migra.
La bonanza existe. El freno también. Sin reformas en gestión pública, permisos, articulación territorial y capital humano, el auge minero seguirá siendo una promesa aplazada.
Reflexión final
En campaña se polariza; en el gobierno se posterga. El Perú necesita una hoja de ruta que haga compatibles minería responsable, logística eficiente y Estado profesional. La pregunta ya no es si el mundo ofrece oportunidades. Es si vamos a seguir desperdiciándolas por comodidad política. La historia reciente sugiere que sí… hasta que decidamos reformar en serio. (Foto: Andina/Pixabay).
