Pantaleón y las visitadoras de Palacio de Gobierno del Perú

Cuando la Presidencia termina asociada a una novela satírica, el problema ya no es de comunicación: es de decencia pública. “Pantaleón y las visitadoras” no debería rozar jamás a Palacio de Gobierno, pero hoy el título circula porque el poder parece haber perdido el pudor. No es humor negro: es el síntoma de un Estado que normaliza el escándalo y espera que la indignación se consuma sola, como noticia de 24 horas.

La secuencia que se conoce —visitas nocturnas, permanencias hasta la madrugada y, luego, contratos u órdenes de servicio bien remuneradas— no es una anécdota. Es un patrón que, en cualquier democracia que se respete, dispara auditorías inmediatas. Aquí, en cambio, se responde con comunicados tibios y con el viejo mantra del “todo fue conforme a procedimiento”. La corrupción moderna ama esa frase: suena técnica, tranquiliza un rato y compra tiempo. Mientras tanto, el daño a la institución queda.

El punto no es la vida privada de nadie. El punto es la confusión deliberada entre lo público y lo personal. Si el despacho presidencial se convierte en antesala de beneficios pagados con dinero del Estado, la república se vuelve una oficina de favores. Y cuando la cercanía pesa más que el mérito, la meritocracia se convierte en propaganda. El mensaje que recibe el país es brutal: no importa cuánto estudies o trabajes; importa a quién visitas y a qué hora sales.

Lo más mordaz es el contraste con la vida real. Millones hacen colas, pierden horas en tráfico, compiten por puestos precarios y escuchan sermones sobre “esfuerzo”. Al mismo tiempo, el poder parece operar con atajos. Esa asimetría no es solo injusta: corroe la legitimidad del Estado. Porque la ciudadanía tolera errores; no tolera privilegios envueltos en formalidades.

Y el Congreso, una vez más, ensaya el papel de espectador conveniente. Se habla de “no desestabilizar”, de “esperar pruebas”, de “prudencia institucional”. Traducción: que pase la ola, que el ruido baje, que el costo político se diluya. La fiscalización selectiva se ha vuelto el deporte nacional: se persigue al adversario y se protege al aliado. Así, la “institucionalidad” deja de ser un principio y pasa a ser un pretexto.

El resultado es una escena repetida: el Ejecutivo relativiza, el Legislativo calcula, y la ética pública queda en el suelo. Cuando el poder se acostumbra a sobrevivir al escándalo, el escándalo se vuelve parte del paisaje. Y eso es lo más peligroso: la normalización del abuso.

Si Palacio no despeja dudas con transparencia total —expedientes completos, criterios, responsables—, la sospecha seguirá creciendo. Y si el Congreso no fiscaliza con firmeza, quedará claro que la gobernabilidad es el nombre elegante del encubrimiento.

Reflexión final
Un país no se degrada de golpe; se desgasta a fuerza de pequeñas concesiones morales. Hoy se tolera la confusión entre poder y privilegio; mañana se tolera cualquier cosa. “Pantaleón y las visitadoras” no es un chiste: es el espejo de una política que perdió el pudor. Y cuando el pudor se pierde en el poder, la República pierde respeto.(Foto: Cusco Perú).

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