En el Perú, la franja electoral se presenta como una herramienta “democrática” para que los partidos difundan propuestas. Pero cada campaña confirma lo contrario: la franja termina pareciendo un cajero automático con horario electoral. Hoy el foco cae sobre César Acuña y APP, no por un spot brillante ni por un plan de gobierno memorable, sino por un nuevo episodio del escándalo millonario de la franja: dinero público moviéndose con la elegancia burocrática de un trámite y con la torpeza ética de un deja-vu.
APP destinó S/ 349,882 a Cosmos TV para difundir su propaganda. Hasta ahí, el dato duro. El problema es el contexto y el olor: Cosmos fue fundado por la Universidad César Vallejo (UCV), emblema del universo Acuña. La defensa llega rápido: el vocero afirma que desde 2017 el canal “ya no” está vinculado ni a la UCV ni a la familia Acuña porque habría sido vendido a otra empresa. Puede ser. Pero en política, el “ya no” no es antídoto; es apenas una frase. Y en un país curtido por la corrupción, las frases no alcanzan.
Porque el verdadero escándalo no es solo este pago puntual. El verdadero escándalo es el modelo: campañas financiadas con dinero público que, en vez de elevar el debate, multiplican sospechas. Lo que debería ser una vitrina de ideas termina convertida en un campo minado de “coincidencias”: medios con historias compartidas, entornos que se cruzan, decisiones que se toman “técnicamente” y se explican “políticamente” cuando estalla el ruido.
Y aquí aparece la pregunta que incomoda: ¿qué tan sano es que un partido conduzca recursos públicos hacia un medio con pasado ligado al ecosistema del candidato? Aunque hoy la propiedad sea otra, la apariencia de conflicto ya está servida. Y en democracia, la apariencia también importa, porque la confianza es frágil y el país está cansado de que lo traten como ingenuo.
Acuña y APP dicen tener una “oficina técnica” que asigna la franja con “criterios objetivos”. Suena bonito. Pero la ciudadanía no vota por adjetivos; vota por hechos. Si de verdad todo es impecable, entonces no basta con declarar “no hay irregularidad”: hay que demostrarlo con transparencia radical—contratos, criterios, comparativos de tarifas, sustentos de alcance, y trazabilidad pública completa. Porque cuando se maneja dinero de todos, el estándar no es “legalito”: es intachable.
Este episodio resume una campaña donde la política habla de futuro, pero opera con reflejos del pasado: usar lo público como combustible de propaganda y esperar que la gente aplauda la formalidad del trámite.
Reflexión final
El escándalo millonario de la franja no es un accidente: es un síntoma. Y mientras los partidos sigan tratando la franja como botín permitido —con defensas tardías y “ya no” como escudo— el ciudadano seguirá concluyendo lo obvio: aquí no se compite por ideas, se compite por la caja. Y cuando la caja manda, la democracia pierde.
