Hay presidentes que gobiernan; y hay otros que solo ocupan. Según Imasen, la desaprobación de José Jerí llegó a 70,4% en enero, tras trepar más de veinte puntos en apenas dos meses. No es “desgaste natural”: es un desplome acelerado. Jerí no está perdiendo popularidad: está perdiendo legitimidad. Y lo hace con una eficacia que, ironías del Perú, no logra cuando se trata de enfrentar los problemas reales.
La misma encuesta indica que la aprobación cayó a 24,1%. Traducido: el país ya no lo acompaña, lo tolera. Y a veces ni eso. Lo notable es que el rechazo crece en todas partes: Lima, norte, sur, centro, oriente. Jerí ha conseguido lo que pocos logran: una unificación nacional alrededor del hartazgo.
Pero el 70,4% no cae del cielo. La ciudadanía ve un gobierno sin norte, que responde con gestos tardíos y discursos de emergencia, mientras la vida cotidiana se vuelve más insegura y más cara. Jerí parece gobernar como quien apaga incendios con comunicados: mucho anuncio, poca solución. Y cuando no hay resultados, aparece el recurso favorito del poder débil: el espectáculo.
En ese contexto, las sospechas no ayudan: visitas nocturnas a Palacio, registros incómodos y contrataciones posteriores alimentan una percepción devastadora: que el Estado funciona mejor como red de favores que como institución. El país no está pidiendo santos; está pidiendo reglas. Y cuando las reglas se vuelven borrosas, la autoridad se vuelve papel.
Imasen agrega un dato que debería ser sirena institucional: crece con fuerza el porcentaje que duda que Jerí llegue al 28 de julio. Un presidente interino que no inspira ni continuidad ni confianza convierte al Estado en sala de espera: ministros calculan, funcionarios se cubren, decisiones se congelan. El Perú no queda en transición: queda en parálisis.
Y el golpe final es moral: la encuesta muestra que una amplia mayoría lo considera no honesto. Para un interino, eso es casi sentencia. Porque un presidente de paso solo puede sostenerse con dos cosas: credibilidad mínima y prudencia. Jerí está perdiendo ambas.
Con 70,4% de rechazo, Jerí no gobierna: resiste. Y cuando un gobierno se reduce a resistir, el país paga la cuenta.
Reflexión final
El Perú no necesita un presidente que “aguante” hasta julio como quien aguanta un mal semestre. Necesita conducción, transparencia y decisiones que no huelan a improvisación. Si Jerí sigue administrando el poder como defensa personal y no como servicio público, la desaprobación no será solo cifra: será el prólogo de una salida inevitable.
