Comenzó el boicot europeo a FIFA y la Copa del Mundo 2026

El boicot al Mundial 2026 no nació en un comité, ni en una federación, ni en un vestuario. Nació donde más le duele a la FIFA: en el bolsillo y en la decisión individual del hincha. Sin pancartas coordinadas, sin comunicados diplomáticos, sin discursos grandilocuentes. Solo con un gesto simple y demoledor: no compro, no reservo, no viajo. Y cuando el termómetro del descontento es el dinero que deja de circular, la “fiesta del fútbol” empieza a sonar como lo que muchas veces es: un negocio que exige aplausos incluso cuando el contexto grita lo contrario.

Los números son un golpe frío: caen reservas de vuelos y alojamientos desde Europa hacia Estados Unidos. No es una baja cualquiera; es un síntoma. Y es más incómodo aún cuando las caídas más fuertes aparecen en países que son potencia futbolística, los mismos que históricamente llenan estadios, invaden aeropuertos y convierten cada Mundial en peregrinación cultural. Alemania encabezando descensos, seguida por España, Países Bajos y Francia. Si el hincha europeo decide mirar desde su casa —o mirar menos—, el Mundial pierde algo más que turismo: pierde legitimidad.

A ese desgaste se suma otro dato que en Zúrich deberían leer sin anestesia: miles de tickets devueltos. La razón que circula no es deportiva, sino política y social: temor, incomodidad, rechazo a un clima de controles, tensiones y políticas migratorias endurecidas. El fútbol, que siempre vendieron como “neutral”, empieza a pagar el precio de su propia hipocresía: cuando te acomodas al poder, terminas siendo parte del problema.

Aquí aparece Gianni Infantino, el predicador oficial de “el fútbol une al mundo”, defendiendo premios de “Paz” como si fueran estampitas que se entregan para quedar bien con el anfitrión. El mismo Infantino que pide no mezclar política con fútbol, pero sonríe cuando la política le garantiza escenario, contratos, seguridad a medida y respaldo institucional. Es una neutralidad selectiva: se condena el boicot, pero se normaliza el gesto de servidumbre. Se invoca la unidad, pero se premia la conveniencia.

La pregunta ya no es si habrá boicot. La pregunta es cuánto puede sostener la FIFA un Mundial donde una parte del mundo decide no estar. Y cuánto más insistirá Infantino en acompañar a Donald Trump aunque el ruido crezca, aunque las tribunas se enfríen, aunque el relato se resquebraje.

Cuando los hinchas votan con sus reservas y con sus entradas, la FIFA tiembla porque no puede sancionarlos, no puede expulsarlos y no puede comprarlos.

Reflexión final
El Mundial 2026 corre el riesgo de convertirse en el torneo más grande… pero también en el más vacío de sentido: estadios impecables, marketing perfecto y una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿de qué sirve “unir al mundo” si primero lo empujas a desconfiar? En el fútbol, la afición perdona errores; lo que no perdona es sentirse usada. (Foto: Mlssoccer.com).

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