Mundial 2026: la advertencia latina que la FIFA no quiere oír

Cuando organizaciones de derechos civiles advierten a los latinos que tal vez sea mejor ir a México o Canadá —y no a Estados Unidos— para ver el Mundial 2026, el problema ya no es el fútbol: es el país anfitrión y el silencio del organizador. Porque no estamos hablando de “recomendaciones turísticas”, sino de riesgos “sin precedentes” de perfilamiento racial, detenciones ilegales y violaciones de derechos humanos. Y la FIFA, fiel a su estilo, intenta taparse los oídos con su eslogan gastado: “el fútbol une al mundo”.

Los grupos civiles dicen que no promueven un boicot. No lo necesitan. La realidad ya hace el trabajo: si un visitante debe preguntarse si “vale la pena, por un partido, correr el riesgo de un secuestro o un encarcelamiento”, entonces el Mundial dejó de ser una fiesta global y pasó a ser una ruleta. Y si esa ruleta se siente más cargada contra ciertos rostros, acentos y apellidos, estamos ante algo peor: una Copa del Mundo con sombra de discriminación.

La advertencia tiene un punto geográfico que revela el tamaño del problema: Florida. Allí, señalan, las policías locales se han convertido en instrumentos de persecución tras acuerdos de colaboración con el ICE. Que más del 80% de esos acuerdos se hayan firmado en ese estado no es un detalle: es un mensaje. Y la FIFA decidió instalar en Miami parte de su vitrina mundialista, con partidos de selecciones sudamericanas, como si el contexto fuera solo “logística”.

Se citan casos concretos: dos hermanos mexicanos detenidos y enviados a un centro de detención en una zona natural al oeste de Miami, con un nombre que parece chiste oscuro. Se suman cifras de muertes bajo custodia, de detenciones masivas, de un aparato migratorio que opera con una dureza que ya no se disimula. Y frente a eso, Infantino aparece como el maestro de ceremonias de la indiferencia: habla de pasión, de unión, de “olvidar lo malo del mundo”, mientras el mundo le recuerda que hay cosas que no se pueden olvidar sin volverse cómplice.

La FIFA presume estándares. Exige a federaciones pequeñas cumplir reglas hasta el último papel. Pero cuando el asunto toca al anfitrión poderoso, todo se vuelve flexible, diplomático, “no es nuestra competencia”. Una neutralidad que, en la práctica, funciona como protección al más fuerte y abandono al más vulnerable.

El Mundial 2026 se está construyendo con una contradicción peligrosa: se invita al planeta a celebrar, pero se le pide a una parte del planeta que tenga cuidado con su propia seguridad por el simple hecho de existir.

Reflexión final
Si la FIFA quiere ser realmente “global”, debe dejar de comportarse como una empresa que solo administra sedes y contratos. Un Mundial no puede convertirse en un evento donde unos viajan con euforia y otros con miedo. Cuando la dignidad humana entra en juego, la pelota no puede servir de cortina. Y si Infantino decide seguir mirando a otro lado, la historia no lo recordará como el dirigente que unió al mundo, sino como el que lo entretuvo mientras algunos eran señalados, detenidos o humillados.(Foto: PanamericanWorld).

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