Bettocchi: “Los jugadores no van a declarar mientras no haya pagos”

En el fútbol peruano abundan los dirigentes de frase bonita y corbata impecable, pero escasean los que se paran firmes cuando toca defender lo elemental: el derecho a cobrar lo que se firmó. Por eso la advertencia de Ricardo Bettocchi, administrador general del FBC Melgar, no solo es noticia: es un espejo incómodo. “Los jugadores no van a declarar mientras no haya pagos”. Fuerte y claro. Y, en un ecosistema donde muchos prefieren la diplomacia del silencio para no “molestar” al negocio, Bettocchi aparece como uno de los pocos con agallas para decir lo que se comenta en voz baja: el fútbol no puede seguir funcionando con contratos en el aire y deudas en cuotas.

Lo que está en juego no es una rabieta postpartido ni una estrategia de presión mediática. Es el hartazgo de un club al que todavía le deben por derechos de televisión del 2023. El convenio firmado promete una primera cuota recién en marzo. O sea: el espectáculo se consume hoy, se factura hoy, se exige rendimiento hoy… pero se paga “después”. Y lo más grave es que esa lógica se ha normalizado. Se instaló una cultura en la que pedir cumplimiento suena a “conflicto”, y aguantar incumplimientos se vende como “institucionalidad”.

Bettocchi pone el dedo en la llaga porque rompe ese pacto tácito de resignación. Su mensaje también es para los demás clubes: si cada institución pelea sola, el sistema seguirá midiendo fuerzas con el más débil. Por eso la frase “ojalá todo el fútbol peruano sea solidario” —que ya se escuchó desde la interna rojinegra con Juan Reynoso— no es romanticismo: es supervivencia. Cuando la cadena de pagos se corta, se afecta todo: planificación deportiva, mantenimiento, viajes, divisiones menores, sueldos, salud del plantel. El hincha ve el gol; no ve las planillas, las deudas, el desgaste administrativo, el esfuerzo invisible que sostiene cada partido.

Y aquí aparece el punto más humano, el que duele: los jugadores terminan siendo el rostro del producto, pero también los primeros expuestos al desgaste de un sistema que no cumple. Por eso el silencio como protesta tiene carga sentimental: no es castigar al periodista ni apagar la fiesta; es decir “hasta aquí”. Es proteger la dignidad del trabajo. En un país donde la informalidad suele premiarse y la exigencia suele castigarse, plantarse cuesta. Y se paga caro: con críticas, con etiquetas, con titulares que intentan reducirlo todo a “polémica”.

El fútbol peruano, además, vive en una contradicción permanente: quiere competir internacionalmente, pero tolera prácticas que lo hacen pequeño. Quiere estadios llenos, pero no garantiza estabilidad. Quiere proyectos, pero vive apagando incendios. Y en ese escenario, Bettocchi hace lo que debería ser normal: reclamar lo que corresponde.

La frase de Bettocchi no busca protagonismo: busca cumplimiento. Porque sin pagos no hay normalidad, y sin normalidad no existe liga creíble.

Reflexión final
Si en marzo se cumple lo firmado, el fútbol peruano habrá dado un paso mínimo hacia la seriedad. Si se incumple, no será “un retraso”: será una señal brutal de que la palabra vale poco y que el negocio manda más que el juego. Bettocchi se plantó con firmeza, sí, pero también con una verdad simple: el fútbol es pasión, pero la pasión no paga cuentas. Y cuando un dirigente tiene que ponerse de pie para recordar eso, el problema no es el dirigente. El problema es el sistema.

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