En el Perú, la política ya no se cae por corrupción: se sostiene por costumbre. Por eso, lo revelado por Perú21 sobre la fiesta privada de José Jerí en Cieneguilla no puede archivarse como “vida social”. La escena tiene todos los elementos de una radiografía moral del poder: música a todo volumen, una casa alquilada, autoridades presentes, una invitada vinculada a una presunta red de prostitución en el Congreso, una multa municipal de S/11 mil que queda impaga y, como broche, un choque vehicular al retirarse. Si la república fuera un guion, esto sería una sátira. Lamentablemente, es crónica.
Jerí celebró su cumpleaños número 38 con congresistas y exministros en una vivienda vinculada a una empresa inmobiliaria. El dato político no es la temática ochentera; es la temática nacional: impunidad, blindaje y desprecio por lo público. La fiesta terminó con una multa equivalente a dos UIT por exceso de ruido y desorden. Y, según el reporte, no solo esa sanción quedó pendiente: también habría otras multas impagas asociadas al mismo inmueble. En cualquier barrio, eso se llama irresponsabilidad. En el poder, se llama “incidente”.
Lo preocupante es lo que simboliza: un Estado que pretende ordenar el país, pero no ordena ni su propia conducta. Un gobierno que habla de autoridad, pero no paga sanciones municipales. Una dirigencia que exige respeto a la ley, pero convive con la idea de que la ley es para los demás. Cuando el ejemplo es ese, la delincuencia no se siente intimidada: se siente inspirada.
El asunto se agrava con los asistentes y las conexiones. Según la investigación, estuvieron presentes congresistas —incluido uno vinculado al entorno más cercano del mandatario— y exministros. También figura Isabel Cajo, extrabajadora del Congreso que ofrecía contenido sexual en OnlyFans y que es vinculada al caso de presunto proxenetismo en el Parlamento. Aquí no se trata de estigmatizar a nadie por su vida privada: se trata de preguntarse por qué, una y otra vez, el poder peruano orbita las mismas zonas grises, los mismos círculos y las mismas redes.
Para colmo, ante el ruido los vecinos llamaron al Serenazgo y, según fuentes citadas, trabajadoras del despacho de Jerí habrían salido a encarar a los agentes municipales. El Estado enfrentándose a la autoridad local como si fuera un estorbo. Luego, al retirarse, un congresista habría chocado su vehículo. “Excesos individuales”, dijeron. Siempre es individual cuando la responsabilidad es colectiva.
La política peruana no solo está desprestigiada: está descompuesta. Un presidente interino no puede darse el lujo de sumar sombras y luego esconderse en el silencio.
Reflexión final
Si Jerí y sus aliados creen que el país tolera todo, se equivocan: el país aguanta porque está agotado. Pero el agotamiento no es consentimiento. En una democracia mínima, lo mínimo es responder, transparentar, asumir responsabilidades y dejar de gobernar como si el Estado fuera una reunión privada. Porque cuando el poder convierte la gestión en juerga, la ciudadanía paga la multa más cara: la pérdida total de confianza. (Foto: Limay.Pe).
