Alejandro Domínguez dice que seis cupos y medio para Conmebol es “apenas justo”. Y como si no bastara, desliza la idea de que el Mundial ganaría “calidad” si los diez países sudamericanos clasificaran directo. Traducido al idioma real: menos mérito, más comodidad. Porque cuando el premio se reparte antes de competir, la competencia deja de ser filtro y se convierte en trámite.
No se puede premiar a selecciones que no trabajan. No se puede regalar un Mundial a federaciones que no planifican, que no forman jugadores desde la infancia, que viven sin metodología, sin centros de alto rendimiento reales, sin torneos menores sólidos, sin entrenadores formados con estándares modernos, sin ciencia aplicada al deporte, sin datos, sin seguimiento. Y tampoco se puede mirar al costado cuando sus ligas son una lotería: calendarios rotos, infraestructura pobre, canchas que no ayudan a jugar, clubes endeudados, proyectos que duran lo mismo que una conferencia de prensa.
Domínguez vende “justicia” como si la justicia fuera llenar el Mundial de banderas, no de fútbol. Pero el Mundial no es un premio consuelo, es la cima. Y la cima se gana con un proceso serio, no con discursos. Si una selección no tiene liga competente, si sus jugadores llegan con bajo nivel técnico, si su ritmo competitivo es insuficiente, si sus mejores talentos salen tarde o no salen nunca, ¿por qué debería “merecer” el boleto? ¿Por geografía? ¿Por tradición? ¿Por pertenecer al club Conmebol?.
Lo más grave es el mensaje que deja esa narrativa: “No importa si no construyes nada; igual te busco cupo”. Es la versión futbolera del Estado ausente: no formo, no invierto, no corrijo… pero exijo premio. Después nos preguntamos por qué tantas selecciones sudamericanas se quedan sin recambio, por qué los futbolistas se estancan en ligas de bajo nivel, por qué el salto a la élite mundial es una excepción y no una política. Porque arriba se reparte indulgencia, no exigencia.
Las Eliminatorias sudamericanas son duras —sí—, pero justamente porque quedarte afuera duele. Esa es la esencia: presión, riesgo, mérito. Si Domínguez quiere meter a todos, entonces no quiere Eliminatoria: quiere un desfile. Y cuando el filtro se vuelve puerta abierta, la consecuencia es inevitable: Mundial más largo, más inflado, más comercial… y con partidos que parecen amistosos de pretemporada.
No es casualidad que el argumento venga siempre envuelto en “calidad” y “competitividad”, pero termine en lo mismo: ampliar, ampliar y ampliar. Porque ampliar significa más partidos, más derechos, más paquetes, más acuerdos, más caja. Y también significa otra cosa: más presidentes de federaciones contentos. Es decir, más votos, menos conflictos, menos rendición de cuentas. La política interna convertida en formato deportivo.
Domínguez no está defendiendo el fútbol sudamericano: está defendiendo un modelo donde clasificar sea cada vez menos un logro y cada vez más un beneficio. Seis cupos y medio puede discutirse; lo de “los diez adentro” es directamente un intento de devaluar el mérito.
Reflexión final
Si Conmebol quiere más cupos, que primero exija más fútbol: academias reales, ligas competentes, formación desde la niñez, profesionalización, infraestructura, gestión limpia. Porque si no educamos y no planificamos, el Mundial no será un premio: será un espejo. Y en ese espejo veremos lo que Domínguez no quiere admitir: no se llega por derecho, se llega por trabajo. (Foto: Todo Sport).
