¡Alerta!: democracia en peligro por un amoral en Palacio

En el Perú, el escándalo ya no sorprende: se administra. Lo realmente peligroso no es que el poder se equivoque, sino que actúe como si no existieran límites morales ni consecuencias políticas. Cuando un presidente interino acumula contradicciones, improvisaciones y episodios que degradan la investidura, el problema deja de ser personal: se vuelve institucional. Y ahí la palabra clave no es “gobernabilidad”, sino riesgo.

José Jerí aparece como una figura funcional para un Congreso que hace tiempo confundió “estabilidad” con blindaje. No se sostiene a un mandatario por sus resultados, sino por su utilidad: mientras esté en Palacio, otros negocian, reparten, presionan y se protegen. Esa es la lógica del pacto de supervivencia. Y en esa ecuación, lo “amoral” no es un insulto: es una alerta. Un líder que no distingue con claridad lo correcto de lo conveniente es el mejor instrumento para los operadores del poder.

Por eso el país observa una secuencia que ya parece guion: cuando un escándalo estalla, no se responde con transparencia, sino con ruido; no se rinde cuentas, se monta espectáculo. El “Chifagate” y sus derivaciones no son anécdotas gastronómicas, son síntomas de cómo el Estado puede convertirse en salón de reuniones opacas y excusas cambiantes. Y cuando desde el Parlamento se banaliza la crisis con bromas y frases ligeras, se confirma lo peor: la normalización del desorden.

A la par, Jerí anuncia “nuevos” planes de seguridad como quien cambia de afiche, mientras el ciudadano sigue pagando el precio de la extorsión, el sicariato y la calle tomada. La copia estética de modelos ajenos no reemplaza inteligencia, investigación ni liderazgo. Y, para rematar, se pretende distraer al país con operativos mediáticos en penales, como si una requisa televisada arreglara la impunidad o compensara la ausencia de estrategia.

El problema no es solo Jerí. El problema es quién lo sostiene y para qué. Cada día de blindaje alimenta la desconfianza y acerca la factura electoral. Keiko Fujimori, José Luna y César Acuña no pueden seguir posando de “responsables” mientras respaldan un régimen que se defiende con cortinas de humo. La “estabilidad” no es un amparo para el descrédito.

Reflexión final
Un país no se rompe solo por la delincuencia: se rompe cuando el poder manda el mensaje de que todo da igual. Y si la política insiste en gobernar sin ética, el Perú no se quedará sin presidente: se quedará sin confianza. Y eso, en democracia, es lo más caro de recuperar. (Foto: Radio Onda Azul).

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