A dos meses de votar, el país no presencia una carrera presidencial: presencia un síntoma. Cuatro candidatos empatados en el tercer lugar con 4% no describen una “competencia vibrante”; describen una política que no logra entusiasmar, convencer ni representar. La cifra no grita renovación. Grita agotamiento.
El empate entre César Acuña, Mario Vizcarra, Carlos Álvarez y Alfonso López-Chau revela una verdad incómoda: en el Perú electoral, muchos candidatan, pocos proponen y casi nadie logra credibilidad sostenida. Cuando el primer lugar ronda apenas 12% y el segundo 8%, no hay ola ciudadana; hay un archipiélago de microlealtades, cálculos tácticos y votos prestados.
Se insiste en vender esta fragmentación como “pluralidad democrática”. No. La pluralidad es valiosa cuando hay proyectos de país en disputa. Lo que vemos hoy es otra cosa: marcas partidarias sin partido real, discursos de ocasión, promesas reempaquetadas y una competencia diseñada para sobrevivir titulares, no para gobernar un Estado complejo. En ese escenario, el empate del tercer lugar no es una buena noticia: es el termómetro de una oferta política que no despega porque la gente ya aprendió a desconfiar.
Y la desconfianza tiene motivos concretos. Mientras la calle pide seguridad, empleo digno, salud que funcione y justicia que no seleccione a quién alcanza, la campaña insiste en el espectáculo de la frase fácil. Se discute quién sube un punto, no quién tiene un plan serio para desmontar la corrupción cotidiana, frenar la violencia y cerrar la brecha entre Lima y el interior. Se celebra la táctica; se posterga el país.
El dato más duro no es el 4% de los empatados. Es el tamaño del desencanto: voto blanco/viciado/nulo e indecisión en niveles altos. Allí está la mayoría silenciosa que mira la oferta y no compra. No por apatía, sino por memoria. El elector peruano no es indiferente: está cansado de que lo busquen en campaña y lo olviden en gobierno.
El empate cuádruple en el tercer lugar no abre una “gran oportunidad” por sí mismo. Abre una pregunta brutal: ¿quién está realmente preparado para gobernar sin cinismo, sin improvisación y sin convertir el poder en botín?.
Reflexión final
Si esta elección se reduce a administrar miedos, negociar cuotas y maquillar debilidades, el resultado será conocido: otro gobierno débil, otro ciclo de frustración y otra factura social pagada por los de siempre. La democracia no se salva con encuestas; se salva con ética pública, verdad política y ciudadanía exigente. Lo demás es propaganda con fecha de vencimiento. (Foto: Rcrperu).
