José Jerí llega al martes 17 de febrero con el reloj político en cuenta regresiva. El Pleno Extraordinario convocado para debatir su censura no solo abre una votación decisiva: expone, otra vez, la fragilidad de una institucionalidad que parece funcionar mejor bajo presión que con reglas estables. La validación de firmas —78 como mínimo requerido, luego convalidadas— cerró la discusión procedimental, pero dejó abierta la más importante: si el Congreso está actuando por convicción democrática o por conveniencia coyuntural.
La secuencia que condujo al pleno fue tan técnica como políticamente explosiva. Hubo cuestionamientos, subsanaciones y una verificación final de firmas que terminó destrabando la convocatoria. En el papel, todo parece impecable: requisitos cumplidos, sesión citada, agenda publicada. En la práctica, el país observa otra cosa: un Parlamento donde cada paso formal llega acompañado de desconfianza, acusaciones cruzadas y narrativa de conspiración.
El problema de fondo no es solo Jerí. Es el patrón. En Perú, los mecanismos constitucionales —vacancia, censura, interpelación— han dejado de percibirse como herramientas excepcionales de control y se han vuelto instrumentos de disputa permanente. Cuando eso ocurre, la fiscalización pierde fuerza ética y gana sospecha política. Y si toda decisión huele a cálculo, el ciudadano no ve justicia: ve reparto de poder en vivo.
Las reuniones clandestinas que motivan la crisis añaden gravedad. En un Estado con instituciones debilitadas, cualquier vínculo opaco entre poder político y poder económico enciende alarmas legítimas. Por eso, la exigencia no debe ser solo “que caiga uno” o “que resista otro”, sino que el proceso sea transparente, argumentado y coherente con estándares públicos verificables. Sin ese piso, la censura se convierte en espectáculo; y el espectáculo, en coartada.
La ironía es que todos dicen defender la democracia mientras la confianza pública sigue en caída libre. Se pide credibilidad, pero se comunica por impulsos. Se invoca responsabilidad, pero se negocia al borde del abismo. Se promete estabilidad, pero se gobierna en modo emergencia.
El pleno del martes 17 definirá si José Jerí continúa o cae. Pero, más allá del resultado, la verdadera sentencia será sobre el Congreso: si puede ejercer control político con seriedad o si seguirá atrapado en la lógica del corto plazo.
Reflexión final
Perú no necesita más capítulos de supervivencia parlamentaria; necesita reglas que valgan siempre, no solo cuando convienen. Si la política insiste en administrar crisis en lugar de resolverlas, habrá censuras, sí, pero no habrá conducción. Y un país sin conducción termina pagando, en seguridad, economía y convivencia, el costo completo de su clase dirigente.
