Hay decisiones que no caen como noticia: caen como lluvia helada sobre una tumba reciente, aunque hayan pasado décadas. Este 20 de febrero, mientras Hugo Bustíos habría cumplido 76 años, su nombre vuelve a sonar no como aniversario, sino como ausencia. Una ausencia que no envejece. Y en esa fecha —casi como una ironía escrita por el destino— el Estado habla con voz de resolución: el Tribunal Constitucional anuló la condena de 12 años contra Daniel Urresti por el caso Bustíos y ordenó su libertad inmediata.
En el papel, todo parece nítido: se invoca el principio de legalidad penal, se señala que no correspondía aplicar la calificación de lesa humanidad a hechos de 1988, y se concluye que, al tratarse de delitos comunes, la acción penal habría prescrito. Pero la vida no se escribe con artículos, y el dolor no entiende de plazos. “Prescribe” es una palabra que suena a medicina; aquí, en cambio, se siente como un borrador sobre una fotografía familiar: no cura, borra. Y cuando el Estado borra, el país aprende a desconfiar.
Entonces aparece la voz de una hija, que no habla desde el litigio sino desde la intemperie. Sharmelí Bustíos Patiño escribió: “Tu memoria, papá, estará siempre por encima de la ignominia”. Esa frase no busca ganar un debate: busca sostener una dignidad. Es una carta al Perú, un recordatorio de que hay familias que no celebran fechas, las sobreviven. Y que hay memorias que, por más que el poder las empuje al margen, regresan como el mar: una y otra vez, golpeando la costa de nuestra indiferencia.
Porque Hugo Bustíos no fue un nombre “del pasado”. Fue corresponsal de Caretas, presidente en funciones de la ANP en Huanta, y, sobre todo, un hombre que salió a mirar donde otros pedían cerrar los ojos. El 24 de noviembre de 1988, fue a investigar asesinatos en Erapata junto a su colega Eduardo Rojas. Hubo patrulla, hubo restricción, hubo un trayecto que terminó en emboscada: disparos, persecución y explosivos sobre su cuerpo. Ese crimen fue también un mensaje: “callen”. Y cada vez que la justicia se enreda, ese mensaje intenta repetirse.
La pregunta no es solo jurídica; es moral. ¿Qué aprende una sociedad cuando ve que el tiempo, al final, puede más que la verdad? Aprende a resignarse. Aprende a bajar la mirada. Aprende que hay muertos que pesan menos cuando pasan los años. Y esa es la derrota más peligrosa: no la de un expediente, sino la de la confianza pública, esa fe mínima que sostiene la democracia.
Reflexión final
Un país decente no le pide a una hija que acepte en silencio lo que el Estado no supo resolver con justicia oportuna. Un país decente entiende que la legalidad es necesaria, sí, pero que la justicia —la verdadera— también tiene un pulso humano. Hoy se abre una puerta en una celda, pero se cierra un poco más la puerta de la credibilidad. Y mientras los tribunales hablan de prescripción, la memoria —terca, poética, inevitable— seguirá diciendo lo contrario: Hugo Bustíos no prescribe. Su nombre se queda, como faro y como herida, hasta que el Perú aprenda a mirar de frente lo que todavía le duele. (Foto: CARETAS).
