Lo nocivo que fue José Jerí en el gobierno: daño irreparable

Lo de José Jerí en el gobierno no fue un “tropiezo” ni un “mal momento”: fue una muestra cruda de cómo un país puede hundirse cuando el poder cae en manos de alguien que confunde gobernar con figurar. Jerí no llegó por mérito ni por un mandato ciudadano claro, sino por la alquimia política de siempre: sucesión conveniente y venia del Congreso. Y cuando el poder se obtiene sin proyecto, se ejerce sin rumbo. El resultado no fue un gobierno: fue un vacío con banda presidencial.

Jerí no lideró: simuló. No presentó un Plan de Gobierno Nacional al 28 de julio 2026 serio, verificable y con prioridades reales. No impulsó un plan nacional contra la criminalidad cuando el Perú ya estaba secuestrado por la extorsión, el sicariato y el miedo. En seguridad, su gestión fue el equivalente político de poner un cartel de “prohibido robar” en una ciudad tomada por mafias: una declaración bonita sin capacidad de imponerla.

Y mientras faltó conducción, sobró lo que nunca falta cuando el Estado se vuelve botín: escándalos. Reuniones clandestinas con empresarios chinos. Encuentros en Palacio bajo sospecha, con mujeres vinculadas luego a contratos. Versiones cambiantes, explicaciones insuficientes y un gobierno convertido en un cuarto de crisis permanente. A eso se sumó el manual de la degradación institucional: colocar partidarios en entidades públicas como si el Estado fuera una agencia de empleo para leales. Cuando se gobierna con el criterio de “los míos primero”, la corrupción no es un riesgo: es el modelo.

Mientras Jerí actuaba su papel, el país real siguió cayéndose por las escaleras. Salud colapsada, educación debilitada, agricultura desprotegida, minería fuera de control, seguridad inexistente para quien vive del trabajo diario. Y lo más inaceptable: anemia y desnutrición castigando a niños como una sentencia silenciosa. Ese es el tipo de tragedia que no se arregla con conferencias ni con frases de “pacificación”: se arregla con Estado, inversión, gestión y presencia territorial. Jerí no dejó eso. Dejó ruido.

Y en paralelo —como siempre que el poder está distraído— avanzaron las organizaciones que sí tienen plan: minería ilegal y narcotráfico, creciendo con disciplina criminal, capturando economías locales, corrompiendo autoridades y acercando al país al borde de un narcoestado por omisión. No es que el crimen haya “aprovechado” su gobierno: es que el gobierno le abrió la puerta.

Jerí, además, quiso vender autoridad por estética: poses de influencer, gestos copiados, discursos de “orden” sin inteligencia, sin estrategia, sin equipos, sin resultados. La autoridad no se imita. Se construye. Jerí quiso el efecto sin el trabajo. Y al Perú le tocó pagar el precio.

Lo nocivo de Jerí fue estructural: un gobierno sin plan, sin prioridades, sin ética y sin capacidad real de proteger al país. No solo falló en gobernar: dejó al Perú más expuesto, más vulnerable y más desconfiado.

Reflexión final
Hoy Jerí puede ser un “cadáver político”, pero el daño no se entierra con él. El verdadero escándalo es el sistema que lo puso ahí y lo sostuvo: un Congreso que habilita improvisados, reparte poder y luego se lava las manos. Si el Perú no rompe ese ciclo, la historia se repetirá con otro nombre y el mismo resultado: un país donde la banda presidencial pesa menos que la amenaza de una mafia. (Foto: Rodrigo Buendía – AFP).

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