Un 40% de peruanos decidirán su voto tras debate presidencial

Que un 40% de peruanos afirme que definirá su voto después de los debates no es un dato pintoresco de campaña: es un retrato del país mirando la política con ceja levantada y paciencia agotada. Otro 29% dice que escogerá en la última semana o incluso el mismo día. Y apenas 27% asegura tener una opción clara. Es decir: a semanas de la elección, el Perú no está eligiendo un proyecto; está esperando un desempeño. No está comparando planes; está esperando ver quién se cae menos en televisión.

Esta editorial sostiene que esta indecisión masiva no es “libertad democrática”, sino síntoma de una democracia fatigada, saturada de candidaturas, discursos reciclados y promesas sin respaldo. Cuando la decisión depende de un debate, el problema no es el debate: es el vacío que lo obliga a convertirse en salvavidas. El país llega tarde porque la política llegó vacía.

Hay un detalle que desnuda el cuadro: 35% todavía no ha empezado siquiera a pensar su voto, mientras 37% dice que ya lo tiene decidido y no lo cambiará. Eso no es “pluralismo”; es un electorado partido entre el hastío y la inercia. Y los debates se vuelven, entonces, el escenario perfecto para la ilusión peligrosa: creer que un buen discurso en cámara puede sustituir meses de propuesta seria.

El fenómeno se agrava en el sector más sensible: los jóvenes. Entre 18 y 24 años, más de la mitad —56%— definirá su voto tras ver los debates. Eso debería ser una oportunidad histórica para elevar el nivel del intercambio público. Pero también es un riesgo: convertir la democracia en un casting donde gana quien domina el formato, no quien domina el país. Un país con crisis de seguridad, informalidad económica y deterioro institucional no puede darse el lujo de elegir por “quién se ve más firme”.

Mientras tanto, el mapa electoral sigue fragmentado. Los punteros lideran con porcentajes bajos y el resto se reparte migajas en un escenario donde el bloque de indefinidos supera el 40%. Eso significa que el poder real no está en los candidatos: está en el ciudadano desconfiado. Y cuando el ciudadano desconfía, el candidato desespera. Y cuando el candidato desespera, promete más, grita más, acusa más. Ahí nace el combustible perfecto para campañas sucias: si el voto está en el aire, el barro se vuelve estrategia.

La campaña, además, se percibe “fría”. No porque falte conflicto —al Perú le sobra conflicto— sino porque falta convicción. El país está distraído con crisis políticas que se devoran el debate electoral y terminan convirtiendo la elección en un trámite más dentro de una secuencia interminable de sobresaltos. Y en ese contexto, los debates serán el ring donde 36 aspirantes buscarán sobrevivir al reloj. Seis fechas, pocas horas, demasiados egos y una ciudadanía que no quiere shows, pero termina consumiéndolos porque no le ofrecen nada mejor.

Que 40% decida tras los debates debería encender una alarma en el sistema: la política no ha construido confianza, y ahora pretende fabricarla en vivo, a punta de frases rápidas. Si los debates se convierten en teatro, el país no elegirá: apostará. Y apostar no es gobernar; es jugar con el futuro.

Reflexión final
Los debates pueden ser la última oportunidad para que el ciudadano vote por convicción y no por descarte. Pero eso exige candidatos con propuestas verificables y periodistas —y moderadores— que no premien el grito ni la pose. Porque cuando un país decide en el último minuto, no es que esté “evaluando”: está intentando no equivocarse. Y esa, en el Perú de hoy, es una forma amarga de esperanza. (Foto: Business Empresarial).

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