Gabinete del escándalo: José Balcázar es una marioneta

En un país que exige certezas mínimas para respirar, el Gobierno interino decidió empezar con el gesto más imprudente: anunciar una conducción y desmentirla en vivo. Se comunicó que Hernando de Soto asumiría la Presidencia del Consejo de Ministros; él mismo aseguró horas antes que todo iba “viento en popa”. Pero, a última hora, juró Denisse Miralles. El cambio no fue un detalle logístico: fue una señal política. Y la señal es inquietante: en el Perú, la estabilidad se anuncia con conferencias, pero se decide en pasillos.

Esta editorial sostiene que el escándalo no es solo el giro de nombres, sino el método de gobierno que revela: un Ejecutivo que parece más preocupado por cuadrar presiones que por sostener decisiones. Cuando un presidente no logra mantener en pie su nombramiento más importante —su premier—, la percepción se vuelve inevitable: Balcázar no conduce, es conducido. Y un país en crisis no puede darse el lujo de un mandatario que se limita a firmar el guion que otros escriben.

La declinación de De Soto no quedó como un desencuentro técnico: quedó como un retrato del desorden. Si un premier “confirmado” se cae el mismo día, el mensaje al país es doblemente corrosivo: primero, que no existe un plan; segundo, que existe un plan, pero no lo decide Palacio. En política, los cambios son legítimos cuando están sustentados; pero cuando ocurren a último minuto, sin una explicación sólida y coherente, lo que nace es la sospecha: ¿quién vetó?, ¿quién impuso?, ¿quién negoció?

Denisse Miralles puede tener experiencia en el Estado. Pero la discusión pública no gira en torno a su currículum, sino a su origen político: llega como reemplazo de emergencia, en un gabinete rearmado con cambios múltiples, en un contexto de transición frágil. Ese origen importa porque condiciona el arranque: no se inicia con autoridad, se inicia con defensa. Y un gabinete que nace defendiéndose suele terminar gobernando para sostenerse, no para resolver.

Además, Miralles carga cuestionamientos previos sobre gestión presupuestal y proyectos estratégicos: Carretera Central, Santa Rosa, prioridades de inversión. Eso no la condena, pero sí obliga a una exigencia mayor de transparencia y consistencia. En un país con brechas gigantes y demanda social acumulada, el margen para “ajustes cosméticos” no existe. Cada decisión presupuestal es un mensaje político: ¿se prioriza lo urgente o lo rentable electoralmente?, ¿se piensa en Estado o en cuota?

El problema central, sin embargo, es Balcázar. Su figura aparece atrapada entre fuerzas que se mueven con rapidez y sin pudor. Por eso la imagen de “marioneta” se instala: no como insulto fácil, sino como descripción del fenómeno cuando las decisiones cambian según el pulso de alianzas. Un presidente bajo tutela pierde dos cosas a la vez: autoridad y responsabilidad. Porque si “otros mandan”, él no responde; y si él no responde, nadie responde. Ese es el corazón del desgobierno.

Mientras tanto, el país no se detiene. La inseguridad avanza. La economía doméstica se aprieta. Y el proceso electoral requiere garantías presupuestales y logísticas. Cuando el Ejecutivo transmite incertidumbre en su propio gabinete, el daño se extiende: inversión paralizada, administración pública desorientada, ciudadanía aún más desconfiada. El Estado no puede funcionar como un tablero de ajedrez donde cada pieza se mueve por cálculo de corto plazo. No cuando la gente vive en largo plazo: trabajo, salud, seguridad, futuro.

Este “gabinete del escándalo” nace con un pecado original: la incoherencia. Balcázar todavía puede romper la narrativa, pero solo si gobierna con límites claros, criterios transparentes y decisiones sostenidas. De lo contrario, su interinato quedará marcado como un periodo donde el Ejecutivo no fue poder del Estado, sino extensión negociada de intereses externos.

Reflexión final
La democracia no se rompe con un solo golpe: se desgasta con la repetición de lo inaceptable. Hoy se cambia un premier a última hora; mañana se cambia una política pública; pasado mañana se cambian reglas de juego. Y el país termina acostumbrándose a vivir sin certezas. Si Balcázar acepta ser recordado como un presidente sin manos propias, el escándalo no será su gabinete: será la normalización de un Perú gobernado por hilos invisibles… hasta que se vuelven imposibles de ignorar. (Foto: Presidencia).

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