La intención de voto al Senado se fragmenta peligrosamente

La encuesta es un espejo incómodo: la intención de voto al Senado está fragmentada y ningún partido despega. No porque el país esté lleno de proyectos brillantes compitiendo en una liga pareja, sino porque la oferta política no inspira confianza. Y cuando la política no inspira, la ciudadanía hace lo más racional: se aleja. En la última medición de Ipsos para Perú21, ninguna agrupación supera el 7% y el 43% se concentra entre el voto no válido (blanco/viciado/ninguno) y la indecisión. Ese 43% no es un “reservorio” electoral: es una denuncia silenciosa.

El “primer lugar” es, en realidad, una miniatura: Fuerza Popular (7%), seguida por Renovación Popular (6%) y APP (5%), con un pelotón apretado entre 2% y 3% donde entran y salen siglas que buscan sobrevivir en la foto.
El desgano también tiene geografía: Renovación Popular marca 12% en Lima, pero apenas 3% en el interior; y el voto en blanco sube más fuera de la capital (29%) que en Lima (17%). El país no está “polarizado”: está desconectado.

Esta editorial sostiene que lo preocupante no es la fragmentación en sí —la diversidad puede ser saludable—, sino la fragmentación sin credibilidad: un Senado que nace sin fuerzas claras y con casi la mitad del electorado dudando o anulando su voto arranca con el peor combustible para una institución que pretende “ordenar” la política.

El Senado debía elevar el estándar. Pero los partidos llegan a esta elección como si el país fuera un mercado de slogans: mucho ruido, poca propuesta verificable, y demasiada tentación por la “viveza” parlamentaria. El resultado es este: nadie despega porque el ciudadano ya no compra la promesa de que “ahora sí” serán responsables.

Y el diseño electoral no perdona improvisaciones. Se elegirán 60 senadores (30 por circunscripción nacional y 30 por circunscripciones regionales; Lima elige cuatro) y, para entrar, no basta con figurar: hay doble candado. La organización debe superar 5% de votos válidos nacionales y, además, lograr al menos tres escaños en más de una circunscripción. Con porcentajes chiquísimos y un 43% fuera del compromiso, el riesgo es evidente: un Senado armado por retazos, donde las mayorías se construyen a punta de negociación opaca y acuerdos de corto plazo.

En otras palabras: cuando el votante no elige con convicción, otros eligen por él. Y ese “otro” suele ser el operador, la cuota, el pacto de pasillo. La democracia se convierte en trámite: se vota, pero no se cree; se elige, pero no se espera nada.

La fragmentación del Senado no es una curiosidad estadística: es la evidencia de que el sistema partidario sigue pagando su deuda central: representar sin engañar. Si la política no ofrece un mínimo de seriedad, la ciudadanía responde con indiferencia. Y la indiferencia es el fertilizante perfecto para la mediocridad institucional.

Reflexión final
El dato que debería perseguir a todos los partidos no es el 7% ni el 6%: es el 43%.
Porque ese número dice: “no me convencen”, “no les creo”, “no veo futuro ahí”. Un Senado puede ser cámara de reflexión… o cámara de reparto. La diferencia no la marca el diseño; la marca la ética pública de quienes pretenden ocuparlo. Si nadie despega, tal vez el problema no sea el viento: es el piloto. (Foto: Gestión).

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