Virgilio Acuña lanza dura crítica a su hermano César Acuña

Hay frases que no nacen de la oposición, sino del ADN político. Y por eso pesan más. Desde Cusco, Virgilio Acuña —candidato al Senado por Perú Federal— le puso nombre y apellido a lo que muchos sospechan y pocos se atreven a decir en voz alta: César Acuña sería “el mayor cómplice de todos los problemas del Perú” y APP estaría atado a un “pacto corrupto”. La noticia no es que dos hermanos discrepen. La noticia es que la política peruana está tan degradada que hasta en la familia el relato se rompe… y el país queda mirando el derrumbe como si fuera un capítulo más de reality.

Lo ocurrido debería servir para algo más que titulares: para desnudar el mecanismo. Porque cuando un actor del mismo círculo habla de “pacto corrupto”, no está describiendo una anécdota: está describiendo una arquitectura. Esa donde los partidos no compiten por ideas, sino por cuotas; donde el Congreso no fiscaliza, sino que administra la inestabilidad; y donde el Ejecutivo no gobierna, sino que negocia su oxígeno día a día.

Virgilio no se guardó nada: dijo que no tiene expectativas del gabinete ni del presidente del Consejo de Ministros; afirmó que la Constitución vigente permite que los partidos “hagan lo que quieran”; y remató con la idea de una asamblea constituyente como “solución total”. Pero aquí aparece la ironía peruana: a veces se propone “cambiarlo todo” para no cambiar nada de lo esencial, que es el comportamiento del poder. Porque el problema no es solo la norma: es la cultura del pacto, el blindaje y la repartija.

Más grave aún es la frase sobre el Parlamento: “una mafia” decidiría si el gobierno llega o no a julio. Ese diagnóstico es brutal porque se parece demasiado a la realidad cotidiana: la gobernabilidad como rehén y la ciudadanía como espectadora sin control remoto. Y luego llega el golpe al apellido: acusar a César Acuña de “traicionar” regiones del sur —como Puno— pone el dedo en una herida vieja: regiones usadas como escenografía electoral mientras el centralismo sigue intacto y los servicios públicos siguen fallando.

El dato más mordaz es este: si hasta su hermano lo llama cómplice, ¿qué queda para el ciudadano? ¿A quién se le exige pruebas, explicaciones y rendición de cuentas cuando el sistema funciona como red de protección mutua? El Perú no está frente a “una pelea familiar”. Está frente a una confesión involuntaria: el poder se ha vuelto un club donde todos se conocen, se necesitan y se cubren… hasta que el cálculo electoral exige romper el silencio.

La frase de Virgilio Acuña no limpia al país; lo ensucia con una verdad incómoda: el desastre no es accidental. Se sostiene con alianzas, con votos, con pactos y con conveniencia.

Reflexión final
Si la política ya no puede ni fingir unidad dentro de casa, es porque el ciudadano también dejó de creer afuera. La tarea no es elegir al “menos malo” por apellido o marca, sino obligar a cada candidato a responder lo que nadie quiere responder: con quién se alía, qué negocia, qué entrega y qué recibe. Porque el Perú no se cae por falta de discursos: se cae por exceso de cómplices. (Foto: LR).

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