Fifa: nuevas reglas contra la pérdida de tiempo

“Se acabó el teatro”, dicen. Y por primera vez en mucho tiempo, el titular no suena a exageración sino a amenaza concreta para una de las industrias más expertas en estirar el minuto como si fuera chicle. La IFAB —guardianes del reglamento— ha decidido ponerle precio a la trampa más rentable del fútbol moderno: matar el juego para sobrevivir al resultado. Porque la pérdida deliberada de tiempo no es “viveza”, no es “oficio”, no es “manejo del partido”: es una manera elegante de secuestrar el espectáculo, burlarse del rival y reírse del hincha.

Las nuevas medidas apuntan al corazón del engaño cotidiano. Si un jugador retrasa deliberadamente un saque de banda, la pelota pasa al rival. Si retrasa un saque de puerta, se castiga con córner. Y para evitar la coreografía interminable de reclamos, el árbitro hará una cuenta regresiva visual de cinco segundos. Es decir: se acabó el “yo decido cuándo se juega”. El reloj vuelve a ser del partido, no del más astuto.

También se le pone freno a la vieja obra de teatro llamada “me lesioné justo cuando el rival atacaba”. Si entra el cuerpo médico, el jugador deberá salir y no podrá regresar hasta un minuto después de la reanudación. La medicina deja de ser pausa táctica. Y si hablamos de cambios, el sustituido tendrá diez segundos para abandonar el campo. Si no, el sustituto pagará el castigo: esperará un minuto y solo podrá entrar en la siguiente interrupción. En otras palabras: el reglamento empieza a castigar al que estira el partido como si estuviera editando una serie.

La pregunta es por qué recién ahora. Porque durante años se toleró esa cultura de la trampa “pequeña”, esa microcorrupción deportiva que muchos narradores hasta celebraban: “qué inteligente”, “qué bien lo hace”, “sabe enfriar”. Y mientras tanto, el fútbol se iba pareciendo cada vez más a un trámite: más interrupciones, más discusiones, menos juego. El deporte que nació para competir estaba siendo administrado como si fuera trámite notarial.

La IFAB, además, amplía el uso del VAR en situaciones polémicas (como dudas tras una segunda amarilla o después de un córner discutido). Bien. Pero cuidado: la tecnología puede corregir errores, no puede reemplazar carácter. Si el árbitro no aplica estas reglas con firmeza, todo quedará en el mismo lugar: el reglamento como decoración y la trampa como hábito.

Estas reglas no son un detalle: son una declaración de principios. El fútbol intenta recuperar lo que ha perdido por tolerancia y costumbre: ritmo, justicia y respeto por el tiempo del juego.

Reflexión final
Que se acabe el teatro no depende del papel: depende de la voluntad de aplicarlo sin miedo y sin privilegios. Porque la verdadera prueba será cuando el que pierda tiempo sea el “grande”, la “figura” o el local con tribuna pesada. Si hay doble rasero, la trampa sobrevivirá. Pero si se cumple, el fútbol gana algo más que minutos: recupera credibilidad. (Foto: Uno Entrerios).

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