El museo más grande del Perú sigue inoperativo desde 2024, pese a una inversión cercana a S/ 500 millones. Y no, no es “una pausa técnica” ni “un cierre temporal”: es un fracaso monumental disfrazado de trámite. Desde diciembre de 2024 el país tiene un edificio colosal, vacío de público, sin horizonte claro de reapertura. En cualquier democracia que se respete, esto sería un escándalo con responsables y plazos. Aquí, en cambio, se normaliza como si fuera parte del paisaje: una obra inmensa, cerrada, y una ciudadanía resignada a pagar.
El museo está en Lurín, en el kilómetro 31 de la Antigua Panamericana Sur, cerca del Santuario de Pachacámac. Ahí se levantó un bloque de casi 70 mil metros cuadrados, siete niveles —tres subterráneos—, con bibliotecas, archivos, auditorio, talleres y laboratorios. Se suponía que sería el gran espacio de la memoria precolombina, un lugar para que el Perú se mire al espejo de su historia. Pero hoy ese espejo refleja otra cosa: el Estado como arquitecto de elefantes blancos… y como especialista en inaugurar promesas que después deja a la intemperie.
Lo más ofensivo no es que existan fallas: lo ofensivo es que existan fallas de manual. Filtraciones en el techo. Ausencia de un sistema de bombeo para la napa freática. Problemas en la climatización, precisamente en un museo donde la temperatura y la humedad no son caprichos técnicos, sino la frontera entre conservar patrimonio o ponerlo en riesgo. Si no se puede garantizar estabilidad ambiental, no hay “exposición permanente”: hay peligro permanente. ¿Cómo se aprobó una obra así? ¿Quién firmó la conformidad? ¿Quién supervisó lo supervisable? La respuesta suele ser la misma: nadie y todos, el método perfecto para que nada pase.
Y cuando uno cree que ya no puede ser más absurdo, aparece la cereza: el acceso. Se construyó un museo gigantesco sin asegurar conectividad adecuada para grandes flujos de visitantes. En términos simples: aun si el edificio estuviera perfecto, llegar podría seguir siendo un problema. Es la lógica invertida de siempre: primero se invierte en cemento, después se recuerda que el público existe. Un museo sin acceso es como un hospital sin puerta: puede lucir moderno, pero no cumple su razón de ser.
Aquí entra el punto político que no puede maquillarse: esto no se sostiene solo con “fallas técnicas”; se sostiene con desgobierno y con una comodidad peligrosa frente al fracaso. Porque cuando una obra cultural de esta magnitud se queda cerrada por más de un año, lo que falta no es únicamente un repuesto o un informe: falta decisión, urgencia y rendición de cuentas. Y ahí el rol de Dina Boluarte y José Jerí no es anecdótico: es central. No por lo que dijeron, sino por lo que no hicieron. Su desinterés se traduce en hechos: ausencia de una hoja de ruta pública, falta de responsables identificables, cero transparencia sobre plazos y costos, y una indiferencia política que convierte el cierre en normalidad. En otras palabras, mientras el país tiene un museo clausurado y medio billón comprometido, el poder se comporta como si la cultura fuera un tema menor, prescindible, “para después”. Esa negligencia no es neutral: es una forma de desprecio.
El país termina financiando un monumento a la improvisación. Y mientras tanto, se pierde lo esencial: escolares que no visitan, investigadores sin uso pleno de instalaciones, turismo cultural desperdiciado, patrimonio sin narrativa pública sostenida. Todo lo que se prometió como “gran proyecto nacional” se reduce a un edificio cerrado, como si la cultura fuera un adorno que se guarda cuando estorba.
Esto no es un problema cultural; es un problema de ética pública. S/ 500 millones no pueden quedar congelados en una estructura inoperativa sin responsables visibles, sin cronograma claro y sin rendición de cuentas. Y cuando la máxima autoridad política y la dirigencia del Estado eligen mirar a otro lado, el fracaso deja de ser técnico: se vuelve político.
Reflexión final
Un museo sin público no es museo: es un símbolo del país que se acostumbra a pagar por promesas y a recibir cierres. Si el Estado puede dejar inoperativo el proyecto cultural más ambicioso sin consecuencias, el mensaje es brutal: aquí se inaugura para la foto y se abandona para el olvido. Y si Boluarte y Jerí creen que esto “no cuesta” políticamente, se equivocan: cuesta identidad, confianza y futuro. Porque la peor filtración no está en el techo: está en un poder que deja escapar la responsabilidad como si fuera agua. (Foto: El Comercio).
