Cuarenta y una personas fallecidas en la actual temporada de lluvias no son “un balance”: son una vergüenza nacional. El Ministerio de Salud informó que las precipitaciones —con huaicos, deslizamientos y activación de quebradas— ya golpean al menos 246 distritos en 14 regiones, con Arequipa como la zona más afectada. En un país que presume de “reacción” cada vez que el desastre se vuelve tendencia, la cifra no retrata solo el clima: retrata al Estado.
El viceministro Leonardo Rojas reportó además 56 lesionados, con siete hospitalizados, y alertó que se monitorean enfermedades que siempre llegan con el agua mal manejada: diarreicas agudas, infecciones respiratorias, dengue y leptospirosis. Es decir: no hablamos únicamente de lodo y puentes caídos, sino de un cóctel sanitario previsible. Porque en el Perú el problema no es que llueva; el problema es que cada lluvia encuentra al país con la misma precariedad, como si la prevención fuese un lujo de países serios.
La señal más brutal está donde no debería: los establecimientos de salud. El Minsa reconoce alrededor de 640 centros afectados y cuatro inoperativos. ¿Qué significa eso en la práctica? Que cuando el riesgo aumenta, la respuesta se encoge. Que el ciudadano cae enfermo o herido justo cuando el sistema que debe sostenerlo está parchado, inundado o cerrado. La escena se repite: brigadas que “se desplegarán en las próximas horas”, equipos “que se movilizarán”, infraestructura “que llegará”. Siempre a futuro, siempre después, siempre como reacción.
Y como si faltara un golpe, el dengue vuelve a subir. San Martín, según el reporte, ya supera los mil casos en las últimas semanas. El dengue no es castigo divino: es la factura de la descoordinación, del drenaje ausente, de la vigilancia débil y de campañas intermitentes que aparecen cuando el brote ya está instalado. En emergencia, el mosquito no pide permiso; aprovecha el abandono.
Mientras tanto, la política nacional suele responder con el guion conocido: fotos, anuncios, comisiones, promesas. Pero los números no se conmueven con conferencias. Si el Estado no garantiza rutas, agua segura, prevención y centros de salud operativos, el país queda a merced de la próxima quebrada y del próximo brote.
41 muertos no deberían ser una cifra que se “actualiza”. Debería ser una línea roja. El Perú necesita gestión preventiva, presupuesto ejecutado y un sistema de salud que no colapse justo cuando más se le necesita.
Reflexión final
La temporada de lluvias pasará, como pasa todos los años. La pregunta incómoda es si también pasará la costumbre de aceptar tragedias evitables como parte del paisaje. Porque cuando el Estado llega tarde, la naturaleza no perdona… y la gente tampoco debería hacerlo. (Foto: Perú Informa).
