Cuando un gobierno dice “está garantizada la seguridad” y, acto seguido, convoca una reunión con la FIFA por el mismo tema, lo que realmente está garantizado es la preocupación. El Mundial 2026 no solo se juega en canchas: también se juega en carreteras, aeropuertos, hoteles, fan zones y en la confianza del visitante. Y hoy México —anfitrión de 13 partidos— llega a esa cita con un ruido de fondo que ya no se puede maquillar: la inseguridad.
La presidenta Claudia Sheinbaum anuncia un encuentro con la FIFA tras episodios de violencia en Jalisco, detonados luego de un operativo federal en el que murió Rubén Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”. Guadalajara, sede mundialista, aparece en el radar no por su folclor ni su estadio, sino por lo que ningún país quiere exportar en un evento planetario: incertidumbre.
Sheinbaum asegura que hay un operativo “muy importante” con fuerzas de seguridad, defensa, marina, inteligencia y coordinación con policías estatales, trabajando “prácticamente un año”. Perfecto. Pero el punto no es cuántas instituciones se nombran en una frase, sino qué resultados concretos puede verificar el ciudadano y el visitante. Porque la seguridad no se decreta, se demuestra. Y si la demostración dependiera solo de declaraciones, los Mundiales serían eternamente pacíficos.
Del otro lado de la mesa está la FIFA, experta en vender la palabra “fiesta” como si fuera un certificado. Gianni Infantino transmite “confianza”. La confianza, sin embargo, no es un activo de relaciones públicas: es una póliza que se paga con transparencia, planificación y capacidad de respuesta. Y aquí aparece la pregunta incómoda: ¿quiénes participarán en la reunión y qué medidas se acordarán? La propia presidenta no ofreció detalles. En seguridad, la opacidad siempre se parece demasiado a la improvisación.
Además, la cifra es brutal: se espera la llegada de más de cinco millones de visitantes a México. Ese flujo masivo convierte cada falla en noticia mundial y cada incidente en un golpe directo a la reputación del país. El Mundial amplifica todo: lo bueno se celebra, lo malo se multiplica. Y en un contexto donde Guadalajara ya fue una de las zonas más afectadas, el margen de error se vuelve microscópico.
La reunión México–FIFA no debería ser una foto ni un titular tranquilizador: debe ser un punto de quiebre. Si el torneo será una vitrina global, entonces también lo serán las responsabilidades. Porque si algo sale mal, no bastará con sancionar a “nadie”, ni con culpar al “contexto”.
Reflexión final
A las autoridades: menos frases redondas y más compromisos medibles, con cronograma, voceros responsables y protocolos públicos. A la FIFA: si exige estándares deportivos, exija estándares de seguridad con la misma severidad. El Mundial no puede convertirse en turismo de riesgo ni en una fiesta con escolta. La gente viaja por fútbol, no por promesas. (Foto: Sdp Noticias).
