En el Perú, el termómetro social no se malogra: se cansa. Y cuando la gente se cansa, la aprobación se derrite. Eso es lo que está ocurriendo con José María Balcázar, presidente encargado, cuya aprobación cayó de 24% a 14% en menos de un mes. Diez puntos no se pierden por “mala comunicación”: se pierden por una gestión que no transmite dirección, autoridad moral ni capacidad de respuesta.
Han pasado apenas 18 días desde que Balcázar asumió el cargo y la ciudadanía ya le dio la primera factura: 67% de desaprobación a nivel nacional y 70% en Lima. No es una simple caída; es un mensaje. El país no está esperando milagros, pero sí mínimos: que no jueguen con la economía, que no contaminen el proceso electoral y que enfrenten —de verdad— la inseguridad. El problema es que, en lugar de señales claras, se percibe lo mismo de siempre: anuncios, comités, promesas “para los próximos días” y una realidad que no espera.
El desgaste alcanza también al entorno inmediato. Denisse Miralles, cabeza del gabinete, registra 12% de aprobación y 64% de desaprobación; y el ministro del Interior, con la delincuencia marcando la agenda, aparece con 14% de aprobación y 60% de desaprobación (64% en Lima). Cuando el miedo viaja en combi y la extorsión cobra puntualmente, el “plan en preparación” suena a excusa administrativa.
Lo más grave no es el número; es lo que el número retrata: un Ejecutivo encargado que parece administrar el día, no el país. Y un Congreso que mira de reojo, calculando costos, midiendo votos, protegiendo cuotas. En esa coreografía, la ciudadanía queda en el papel de espectadora obligada: paga impuestos, soporta la violencia, aguanta la incertidumbre y, encima, escucha sermones sobre “paciencia”.
Una aprobación de 14% no es un tropiezo: es una advertencia. Con el respaldo en caída libre, Balcázar no tiene margen para improvisar ni para gobernar a la defensiva. Si no fija prioridades verificables —seguridad, elecciones limpias y gestión con resultados—, lo que seguirá cayendo no será solo su popularidad, sino la confianza en la propia democracia.
Reflexión final
Cuando un país se acostumbra a presidentes encargados sin autoridad y a gabinetes sin credibilidad, el verdadero “encargo” se lo queda la calle: la inseguridad, la informalidad y el desencanto. Y esa es la forma más silenciosa —y más peligrosa— de perder la República.
Ficha técnica (resumen): Encuesta nacional urbano-rural presencial. Muestra: 1,202. Cobertura: 24 departamentos y Callao. Trabajo de campo: 4 y 5 de marzo de 2026. Margen de error: ±2.8%. Confianza: 95%. Universo: mayores de 18 años. (Foto: Alta Voz).
