Caminar por los pasillos de un hospital de EsSalud es entrar a un país paralelo: uno donde el reloj no avanza, la paciencia se hereda y la esperanza se entrega por ventanilla… cuando el sistema no “se cayó”. Afuera, colas antes del amanecer; adentro, sobres manila, recetas que se vuelven plegarias y familias preguntando si “ya llegó” el medicamento. La escena es tan repetida que ya ni indigna: se normaliza. Y esa es la primera derrota de un sistema creado para cuidar, pero entrenado para cansar.
La paradoja es obscena: EsSalud no es una institución pobre. Se financia con un aporte obligatorio del empleador equivalente al 9% de la remuneración del trabajador formal. No estamos hablando de caridad, ni de suerte, ni de “cuando haya presupuesto”: hablamos de una caja sostenida por la economía formal para atender a millones. Sin embargo, la experiencia cotidiana parece diseñada por el área de “gestión del desgaste”: espere, regrese, reintente, vuelva a esperar.
Y cuando los números entran a la conversación, el guion se vuelve más incómodo. Un pronunciamiento citado por Perú21 advierte que 4 de cada 10 asegurados no busca atención cuando enferma o sufre un accidente y que, entre quienes sí buscan, la mayoría termina atendiéndose fuera de EsSalud; como consecuencia, los asegurados habrían asumido más de S/ 26,000 millones en gastos por atenciones y medicamentos no cubiertos entre 2019 y 2024. En otras palabras: pagas el seguro… y luego pagas la salida de emergencia del seguro.
Ahí está el corazón del problema: no es solo una falla operativa; es un modelo que no castiga la ineficiencia y, por el contrario, la premia con resignación social. ¿Qué se “compra” con la recaudación, si el resultado sigue siendo espera, desabastecimiento y derivación silenciosa al bolsillo familiar? ¿Qué se gobierna cuando la prioridad real parece ser sostener el aparato, mientras el asegurado aprende a sobrevivirlo?
Y cuidado: el drama no termina en la cola. Termina en la clínica privada, en la botica, en el préstamo, en el “no puedo comprarlo”. Porque cuando el sistema no responde, el dolor se terceriza. Y en salud, esa tercerización cuesta caro: en complicaciones, en deterioro y, sí, en muertes evitables que nunca entran a la estadística con la etiqueta correcta.
EsSalud se ha convertido en una máquina de financiarse sin traducirse. Un fondo gigantesco que, en demasiados casos, no produce salud: produce trámites, derivaciones y angustia. Lo más grave no es que falle: es que el país se haya acostumbrado a que falle.
Reflexión final
En el Perú, solemos confundir “presupuesto” con “solución”. EsSalud demuestra lo contrario: se puede tener una billetera grande y un servicio pequeño. Y cuando la salud se vuelve incertidumbre cotidiana, lo que se rompe no es solo un sistema: se rompe la promesa básica del Estado con quien trabaja y aporta. Porque si el asegurado paga… pero el sistema no cumple, entonces esto no es seguridad social: es un impuesto con sala de espera. (Foto: Infobae).
