En el Perú, la violencia contra las mujeres no es una “problemática”: es un sistema funcionando con normalidad. Se discute, se tuitea, se declara “prioridad”, se hace un minuto de silencio y se pasa a la siguiente noticia. Mientras tanto, el Observatorio de Criminalidad del Ministerio Público registró 119 feminicidios en 2024, 67 en 2025 y 1 caso hasta febrero de 2026. No es una estadística: es una factura que el país paga con sangre. Y lo más cínico es que ya ni sorprende.
El dato que debería incendiar ministerios, pero apenas mueve comunicados, es este: más del 70% de las víctimas tenía entre 18 y 44 años. Mujeres jóvenes, adultas, en edad productiva, madres muchas veces. El feminicidio no solo mata a una mujer: deja niños huérfanos, familias partidas, comunidades rotas. Pero aquí la orfandad por feminicidio es como todo lo incómodo: se menciona poco, se atiende menos y se olvida rápido.
¿Quién mata? El mito del “desconocido” sirve para dormir tranquilos, pero la realidad es más aterradora: el 80% de feminicidios lo comete la pareja o expareja. O sea, el asesino suele ser el que tuvo acceso directo: a la casa, al cuerpo, al miedo, a la rutina. Y por eso el dato más brutal no es un detalle: es una confesión nacional de fracaso. El 65.8% de los feminicidios ocurre dentro del hogar. Sí: la casa, ese lugar que la política adora invocar como “núcleo”, es en demasiados casos una trampa. Un espacio sin cámaras, sin testigos, sin Estado. La “vida privada” convertida en zona liberada.
Y no, no fue “un arrebato”. La violencia tiene ruta y firma. Arma blanca, golpes, asfixia, disparos: modalidades que no hablan de impulso, sino de dominio. ¿Motivos? Celos, violencia previa, negativa a retomar la relación. Traducido: “si no eres mía, no eres de nadie”. Eso no es amor enfermo: es poder ejercido como sentencia. Y aquí viene lo más indignante: el 34.8% de las víctimas denunció previamente. Denunció. Tocó puertas. Pidió ayuda. Y aun así terminó asesinada. ¿Qué significa eso? Que el Estado no solo falla: administra la espera. Te recibe el papel, te da un número, te ofrece una charla y, cuando llega el golpe final, se limita a decir “se investigará”.
El feminicidio persiste porque la impunidad también persiste. Porque la prevención es campaña, la protección es trámite, y la justicia es lenta justo donde debería ser inmediata. Porque cuando la mujer denuncia, el sistema la mira como “caso”; cuando muere, la trata como “cifra”.
Reflexión final
Si la mayoría de feminicidios ocurre en casa y a manos de la pareja, entonces el problema no es “la calle peligrosa”: es el país. Un país donde demasiadas mujeres viven con el agresor y demasiadas instituciones viven mirando a otro lado. Y cuando el Estado llega tarde —otra vez— no es torpeza: es una forma de complicidad por abandono. (Foto: Anadolu).
