En el Perú, enfermarse ya no solo significa enfrentar una dolencia, sino también sobrevivir a la desidia del Estado. Hoy, más de 20.000 pacientes con diabetes tipo 1 están en riesgo de muerte por la falta de insulina, un medicamento que no puede postergarse, reemplazarse con discursos ni administrarse según el humor político del momento. Aquí no estamos ante una simple falla administrativa: estamos frente a una amenaza directa contra la vida de miles de niños, jóvenes y adultos que dependen de una dosis diaria para seguir respirando con normalidad.
Lo más alarmante es que las autoridades actúan como si esta crisis admitiera espera. El Ministerio de Salud anunció la compra urgente de 47.000 unidades de insulina NPH, pero las organizaciones de pacientes han advertido que esa cifra no alcanza y que, además, se trata de una alternativa terapéutica antigua, insuficiente frente a los tratamientos que requieren muchos pacientes con diabetes tipo 1. Es decir, el Estado llega tarde y, cuando llega, lo hace mal.
La situación se agrava porque esta escasez no cayó del cielo. Viene incubándose desde hace tiempo, tras el retiro de insulina observado en 2025 por problemas de calidad, la debilidad de Digemid para supervisar adecuadamente a fabricantes internacionales y la ausencia de una carrera sanitaria sólida que garantice funcionarios técnicos en puestos clave. Cuando la salud pública se entrega al amiguismo, al cálculo político o a la improvisación, las consecuencias no son abstractas: se traducen en hospitales desabastecidos, padres angustiados y pacientes abandonados.
A ello se suma la inestabilidad política en el propio sector Salud. Las recientes renuncias del ministro Luis Quiroz y del presidente ejecutivo de EsSalud, Segundo Acho, vuelven a mostrar un país donde las instituciones cambian de rostro, pero no de práctica. Cada relevo significa volver a empezar, volver a explicar, volver a rogar. Y mientras las oficinas cambian de nombre, las familias siguen preguntándose lo más básico y lo más terrible: ¿dónde conseguir insulina para que su hijo no muera?
Hablar de “desabastecimiento” suena técnico, casi frío. Pero detrás de esa palabra hay una realidad brutal: sin insulina, un paciente con diabetes tipo 1 puede entrar en coma diabético en cuestión de horas. Puede sufrir cetoacidosis, descompensaciones severas, daño multisistémico y muerte. No es una exageración. Es un desenlace médicamente posible y moralmente intolerable.
La falta de insulina no revela solo una crisis sanitaria. Revela un Estado que ha normalizado el abandono. Cuando un gobierno no garantiza un medicamento vital, deja de administrar salud y empieza a administrar riesgo, dolor y muerte.
Reflexión final
Un país decente no obliga a sus ciudadanos a mendigar lo indispensable para vivir. La insulina no puede depender de la improvisación oficial ni de la suerte. Si más de 20.000 pacientes están hoy en riesgo de muerte, entonces no estamos solo ante una falla del sistema: estamos ante la prueba más cruel de un desgobierno que perdió de vista lo esencial, que la vida humana no se negocia, no se posterga y no se abandona. (Foto: Info Región).
