En el Perú, la crisis sanitaria nunca llega sola: suele venir acompañada de improvisación política, cambios apresurados y decisiones que, lejos de devolver confianza, profundizan la incertidumbre. La designación de Juan Carlos Velasco como nuevo ministro de Salud se produce precisamente en ese escenario. No llega para inaugurar una etapa de estabilidad, sino en medio de la renuncia de su antecesor, una grave crisis de abastecimiento de insulina, presiones políticas sobre el gabinete y la cercanía del voto de confianza en el Congreso. En lugar de una figura que despeje dudas, el Ejecutivo ha colocado al frente del Minsa a un funcionario cuya trayectoria reciente arrastra observaciones que no pueden ser ignoradas.
La preocupación pública no nace de prejuicios ni de ataques interesados. Nace de hechos concretos. Durante su gestión en el Instituto Nacional de Salud, el Banco Mundial formuló serias observaciones respecto a la conducción de un proyecto de fortalecimiento del sistema nacional de vigilancia en salud pública. El organismo internacional advirtió dificultades administrativas, retrasos en pagos, problemas en la delegación de facultades, obstáculos operativos y una débil coordinación institucional. Más aún, se dejó constancia de que el proyecto atravesó una etapa crítica cercana a la suspensión.
Ese antecedente es demasiado delicado como para ser tratado con ligereza. No se trata de una diferencia técnica menor ni de una simple descoordinación burocrática. Cuando una entidad de esa magnitud advierte que un proyecto sanitario financiado con recursos importantes enfrenta riesgos por fallas de gestión, lo que se pone en tela de juicio es la capacidad de liderazgo, organización y respuesta de quienes estaban al mando. Por eso, el nombramiento de Velasco no puede analizarse como un relevo administrativo cualquiera, sino como una decisión que obliga a preguntarse si el país está colocando la salud pública en manos de una autoridad que llega con demasiadas explicaciones pendientes.
A ello se suma su controvertido paso por Susalud, donde se cuestionó la atención de miles de denuncias y la prescripción de numerosos casos. Si bien una decisión judicial dejó sin efecto su apartamiento temporal y reconoció fallas en la motivación del proceso administrativo en su contra, eso no elimina las interrogantes de fondo. Que un funcionario haya sido restituido judicialmente no equivale automáticamente a una certificación política o moral de idoneidad para conducir el ministerio más sensible en tiempos de crisis.
El problema, en realidad, va más allá del nombre propio. Lo que esta designación revela es una forma de gobernar. Una vez más, el poder parece optar por mover piezas con rapidez para responder a la coyuntura política, sin medir con suficiente rigor el impacto institucional de sus decisiones. El Minsa no debería ser un espacio para cálculos parlamentarios ni para nombramientos funcionales a la supervivencia del gabinete. Debería ser un bastión técnico, ético y administrativo, sobre todo cuando la población enfrenta desabastecimiento de medicamentos, precariedad hospitalaria y un sistema que desde hace años opera al borde del colapso.
Nombrar a un ministro con cuestionamientos serios en este contexto no solo es una señal de fragilidad. Es también una muestra de desconexión con la ciudadanía. El país no necesita funcionarios que lleguen a defenderse; necesita autoridades que lleguen a resolver.
Juan Carlos Velasco asume el Ministerio de Salud bajo una sombra que el Gobierno no ha logrado disipar. Su designación no fortalece al sector, sino que lo expone a una nueva etapa de desconfianza en un momento donde la credibilidad debería ser un requisito básico, no un detalle secundario.
Reflexión final
Cuando el Estado responde a una crisis sanitaria con nombramientos cuestionados, el mensaje es alarmante: la urgencia política pesa más que la salud de la población. Y cuando eso ocurre, no solo se debilita un ministerio. Se deteriora, una vez más, la confianza de los peruanos en un poder que parece olvidar que gobernar también exige decencia, responsabilidad y sentido de humanidad.(Foto: Minsa).
