El Perú no solo irá a votar el 12 de abril de 2026. Irá también a contemplar, doblar y descifrar la cédula electoral más grande y más costosa de su historia reciente. La cifra es elocuente: el diseño e impresión de la cédula para la primera vuelta y una eventual segunda vuelta demandará S/ 12,24 millones. Solo para la primera vuelta se han previsto S/ 9,96 millones. En los tres comicios generales previos, ese gasto no llegó ni a S/ 4 millones. Es decir, no estamos ante una anécdota gráfica: estamos ante el recibo oficial de una democracia cada vez más cara de administrar y cada vez más pobre en seriedad.
La cédula de 2026 mide 44 centímetros de alto por 42 de ancho y tendrá cinco columnas: fórmula presidencial, Senado nacional, Senado regional, Diputados y Parlamento Andino. Además, la ONPE ha previsto la impresión de 27 millones de cédulas. Todo esto ocurre porque el elector no deberá escoger entre una oferta razonable, sino abrirse paso entre 36 candidatos presidenciales, el doble que en 2021, cuando compitieron 18. La papeleta no parece la expresión de una democracia vigorosa, sino el plano de evacuación de un sistema político que hace tiempo perdió la salida.
La ironía es difícil de ignorar. Durante años se habló de reforma política, fortalecimiento de partidos y filtros para impedir la dispersión. El resultado concreto ha sido exactamente el contrario: más postulantes, más casillas, más confusión y más gasto público. La ONPE podrá cumplir con su tarea técnica, pero el problema de fondo no es de imprenta, sino de diseño institucional. Cuando una democracia necesita una sábana de 44 x 42 centímetros para ordenar su oferta electoral, lo que está sobredimensionado no es el papel: es el fracaso del sistema.
Y la factura no es solo económica. También es cívica. Según el análisis citado por El Comercio, el Perú encabeza en Sudamérica el número de postulantes presidenciales en una sola elección dentro de lo que va del siglo. Ese dato, lejos de celebrar una supuesta abundancia democrática, expone una patología: la proliferación de candidaturas sin capacidad real de representación, partidos que sobreviven como franquicias electorales y ciudadanos forzados a elegir en medio de una sobreoferta que muchas veces confunde más de lo que esclarece.
La cédula más grande y más cara de nuestra historia no debería presentarse como una rareza curiosa, sino como una advertencia institucional. S/ 12,24 millones, 27 millones de ejemplares, 36 candidaturas y una papeleta de 44 por 42 centímetros no describen una fiesta democrática: describen el costo de haber tolerado el desorden como método de gobierno.
Reflexión final
Al final, el país no solo imprimirá una cédula enorme. Imprimirá también una confesión. Porque cuando la política se vuelve incapaz de filtrar, ordenar y representar, el caos deja de ser una metáfora y se convierte en formato oficial. Y entonces la democracia ya no se fortalece en las urnas: simplemente se despliega, torpemente, sobre una hoja cada vez más grande.
