Essalud debería ser sinónimo de protección, alivio y atención oportuna para millones de peruanos que durante años aportaron con la expectativa de recibir un servicio digno cuando la enfermedad tocara su puerta. Hoy, sin embargo, para demasiados asegurados se ha convertido en lo contrario: un vía crucis cotidiano marcado por demoras insoportables, medicinas ausentes, cirugías postergadas, equipos malogrados y una burocracia que parece haber olvidado que detrás de cada expediente hay una persona que sufre. Lo que ocurre en Essalud no es una suma de fallas aisladas. Es la evidencia de una crisis estructural que castiga a los pacientes y exhibe la incapacidad del Estado para administrar con humanidad y eficiencia uno de los sistemas de salud más importantes del país.
Los testimonios que emergen desde hospitales emblemáticos como Rebagliati y Almenara no pueden leerse como anécdotas tristes de un sistema saturado. Son, más bien, señales de una decadencia institucional profunda. Un paciente espera cuatro años para una operación de catarata y luego descubre que no hay siquiera las gotas necesarias para evitar una infección. Una mujer con enfermedades graves no recibe medicamentos básicos. Familias enteras deben endeudarse para costear en clínicas privadas cirugías que Essalud nunca programó. Pacientes pasan días en camillas mientras sus familiares reclaman atención que debería ser automática y no fruto de insistencia desesperada.
A ello se suma una realidad todavía más preocupante: la precariedad alcanza incluso a los insumos más elementales dentro de los hospitales. No hay mandiles suficientes para operaciones complejas, faltan implementos indispensables para cirugías y los propios familiares deben salir a comprar materiales que el sistema debería garantizar. Esa escena no solo retrata desorden. Retrata abandono. Y cuando el abandono ocurre en una institución que administra miles de millones de soles, la indignación deja de ser una reacción emocional para convertirse en una exigencia ética y política.
No se puede hablar seriamente de salud pública mientras los pacientes oncológicos, diabéticos, cardiópatas, trasplantados o personas con enfermedades raras soportan esperas interminables para citas, análisis, cirugías o tratamientos. Tampoco se puede normalizar que falten medicamentos esenciales, que los tomógrafos estén malogrados o que la atención dependa más de la capacidad de reclamar que del deber institucional de responder. El paciente asegurado no está pidiendo un privilegio: está exigiendo el cumplimiento de un derecho por el que aportó durante años.
Juicio editorial
Detrás de este colapso no solo hay ineficiencia administrativa. Hay una degradación más profunda: la conversión de Essalud en un espacio de disputa política. Cuando una institución sanitaria se transforma en botín de repartija, la gestión deja de organizarse alrededor del paciente y empieza a responder a intereses de grupo, favores y cuotas de poder. Ese es el punto más grave del problema. Porque donde debería haber planificación, profesionalismo y control, aparece la lógica del reparto. Y cuando esa lógica se instala en la salud, no se reparten solo cargos: se reparten consecuencias sobre la vida de miles de personas.
Essalud no necesita únicamente nuevos rostros en la dirección. Necesita una reforma real, profunda y urgente. Requiere una gobernanza profesional, independencia de la interferencia partidaria, mejor uso de recursos y una estructura que ponga al paciente en el centro, no al operador político de turno.
Reflexión final
El vía crucis que hoy padecen los pacientes de Essalud no es obra del azar ni de una mala racha administrativa. Es el resultado de años de desorden, captura política e indiferencia frente al dolor ajeno. Y mientras el poder siga tratando la salud como cuota y no como deber moral, el enfermo seguirá esperando, sufriendo y pagando con angustia el precio de un sistema que le prometió cuidado y hoy le devuelve abandono.
