En el Perú, la salud pública ya no solo carga con hospitales saturados, citas imposibles y pacientes condenados a la paciencia. Ahora también parece cargar con algo todavía más corrosivo: la cercanía del poder. El caso que involucra a personas del entorno de César Acuña y a contratos en EsSalud no huele a simple coincidencia administrativa, sino a esa vieja costumbre nacional de convertir al Estado en una extensión confortable de los intereses privados. Y cuando la sospecha entra por la puerta de un hospital, lo que se compromete no es solo una licitación: se compromete la confianza en una institución que debería servir al ciudadano, no al círculo del privilegiado.
Cuarto Poder reveló elementos suficientemente graves como para encender todas las alarmas. La empresa vinculada al servicio de alimentación del hospital Luis Heysen Inchaustegui, en Chiclayo, obtuvo un contrato por S/ 2’103,442 por 12 meses, pero lo escandaloso no es solo el monto. Lo verdaderamente inquietante es que el número telefónico consignado por la empresa ante el Estado pertenecía a Gustavo Horna, padre de Brunella Horna, esposa de Richard Acuña. Además, el domicilio fiscal registrado coincidía con la dirección de una empresa vinculada a la madre de Brunella. En un país serio, este cuadro no se administra con evasivas: se investiga con urgencia.
Pero aquí no termina la historia. Perú21 añadió otra pieza incómoda: EsSalud firmó un convenio con la Universidad César Vallejo, propiedad de César Acuña, para beneficiar con prácticas a sus estudiantes. Un hecho aislado podría explicarse. Dos hechos convergentes, alrededor del mismo universo político y familiar, ya dibujan un patrón demasiado elocuente como para refugiarse en la ingenuidad. Por eso el editorial de ese diario sostiene que ambas investigaciones levantan sospechas sobre los verdaderos intereses de la familia Acuña en EsSalud. Y cuesta no darle la razón cuando todo termina orbitando alrededor de los mismos apellidos, las mismas cercanías y la misma incomodidad para responder de frente.
Lo más irritante es la defensa. Acuña intentó deslindar diciendo que no tiene la culpa de que el presidente haya nombrado a una persona de APP en EsSalud. La frase no aclara nada; más bien confirma una lógica política peligrosamente arraigada: mientras no exista firma directa, se pretende que no exista responsabilidad política. Como si el problema no fuera la trama de influencias, sino solo el acto final. Como si el país tuviera que aceptar que el poder siempre cae, por misteriosa gravedad, en los mismos bolsillos y en los mismos entornos.
El problema de fondo no es una foto, un teléfono o una dirección compartida. El problema es que EsSalud aparece, otra vez, demasiado cerca del poder partidario, del entorno familiar y del interés privado.
Reflexión final
Un país decente no puede permitir que la salud pública funcione como sala de espera de las influencias. Porque cuando EsSalud empieza a parecerse más a una mesa de reparto que a una institución de servicio, el ciudadano deja de sentirse atendido y empieza a sentirse utilizado. Y ese diagnóstico, más que clínico, es profundamente moral.(Foto: Clave cidadadana).
