José María Balcázar lleva apenas un mes en Palacio y ya tiene lo que ningún gobierno serio debería exhibir como costumbre: dos gabinetes en tiempo récord. No se trata de dinamismo político ni de capacidad de reacción. Se trata, más bien, de una señal preocupante de fragilidad, improvisación y dependencia. En un país golpeado por la inseguridad, la desconfianza institucional y el desgaste del poder, cambiar de gabinete antes de consolidar el primero no transmite autoridad. Transmite apuro. Y cuando el apuro se instala en el corazón del Ejecutivo, lo que comienza a gobernar ya no es la estabilidad, sino el miedo a caer.
La salida de Denisse Miralles y la designación de Luis Enrique Arroyo Sánchez como nuevo presidente del Consejo de Ministros no parecen responder a una rectificación profunda del rumbo del gobierno. Todo indica, más bien, que se trató de una operación política de emergencia. La razón de fondo habría sido la falta de votos suficientes para obtener la confianza del Congreso, en un contexto particularmente sensible: a pocas semanas de las elecciones del 12 de abril de 2026, el Parlamento no quería asumir el costo de un debate que lo mostrara demasiado comprometido con un Ejecutivo que necesita aparentar autonomía, aunque cada vez la ejerza menos.
Y ahí aparece el núcleo del problema. El propio Balcázar admitió que el Congreso “recomendó” nombrar a un nuevo premier para enfrentar la inseguridad ciudadana. La frase, lejos de tranquilizar, confirma una realidad incómoda: el Ejecutivo no está marcando la pauta, sino respondiendo a las presiones del poder legislativo. En teoría, el presidente gobierna y el Congreso fiscaliza. En la práctica, el presidente cambia de gabinete cuando el Congreso se lo sugiere y recompone su equipo para sobrevivir políticamente. No parece una relación entre poderes; parece una administración condicionada desde afuera.
La llegada de Arroyo tampoco puede venderse como un gran relanzamiento. El nuevo gabinete nació con la marca de la urgencia y con una composición que mantiene buena parte del elenco anterior. Es decir, se cambia la cabeza para ofrecer la ilusión de renovación, pero se conserva la estructura que ya venía desgastada. No hay allí una apuesta audaz por una nueva etapa; hay un intento apresurado de enfriar una crisis política y ganar oxígeno frente al Parlamento y frente a la opinión pública.
La ironía es dura. Mientras el país enfrenta homicidios, extorsión, temor ciudadano y una campaña electoral crispada, el gobierno parece ocupado en reorganizar sus piezas para no incomodar demasiado al Congreso. Se habla de lucha contra la inseguridad, pero lo que domina la escena es la inseguridad del propio poder. Se promete gobernabilidad, pero lo que se ofrece es apenas supervivencia táctica. Y así, el país no ve conducción: ve cálculo.
Dos gabinetes en un mes no son una muestra de firmeza ni de corrección política. Son el síntoma de un gobierno débil, condicionado y atrapado en una lógica donde la permanencia pesa más que la convicción.
Reflexión final
Lo más grave no es solo que Balcázar tenga ya dos gabinetes. Lo más grave es que el país empiece a acostumbrarse a esta precariedad como si fuera parte natural del paisaje. Porque cuando un presidente cambia de premier antes de afirmarse en el cargo, y lo hace bajo la sombra del Congreso, la crisis deja de ser una excepción: empieza a parecer método. (Foto: Presidencia).
