Balcázar roza el 50% de desaprobación y el país a la deriva

José María Balcázar no enfrenta una mala semana. Enfrenta algo bastante más serio: la confirmación de que su gobierno no inspira confianza, no transmite liderazgo y no consigue ordenar un país cada vez más cercado por la inseguridad y el desgaste institucional. La última encuesta nacional urbano-rural de CPI, difundida por RPP, registra que 49,6% de peruanos desaprueba su gestión, mientras apenas 14,7% la aprueba y 35,7% no opina. En Lima, el rechazo llega a 62,8%. Es decir, a solo un mes de haber asumido, Balcázar ya gobierna con la mitad del país en contra y con una aprobación tan raquítica que parece más tolerancia provisional que respaldo real.

Lo más alarmante es que esta desaprobación no nace de una gran reforma fallida ni de una decisión impopular pero audaz. Nace, más bien, de la sensación de vacío. Balcázar no demuestra mando, no fija rumbo y no proyecta autoridad. En cuestión de semanas ya tuvo dos gabinetes, una señal de inestabilidad que en cualquier país serio encendería todas las alarmas. Un presidente que cambia de premier antes de cumplir un mes no está corrigiendo el rumbo: está confesando que nunca lo tuvo del todo claro.

Y mientras el Ejecutivo se reacomoda como si el país pudiera esperar, la realidad no espera a nadie. El Perú sigue secuestrado por bandas criminales, la extorsión se expande, los homicidios marcan récords y el miedo se administra en barrios, rutas y mercados con una eficacia que el Estado no puede igualar. En ese contexto, Balcázar parece gobernar mirando el calendario, no el país. Su horizonte no parece ser recuperar autoridad ni estabilizar la nación, sino llegar como sea al 28 de julio de 2026. Eso no es conducción. Eso es administración resignada del interinato.

La cifra de CPI, además, tiene una ironía cruel: la desaprobación casi no se mueve respecto de febrero, cuando marcaba 49,7%. Es decir, Balcázar ni siquiera cae desde una ilusión de fortaleza. Se mantiene estancado en la debilidad. No hay luna de miel, no hay margen de entusiasmo, no hay capital político visible. Y eso vuelve todavía más delicado el panorama para la credibilidad del país y para las inversiones, porque ningún agente económico serio se siente tranquilo cuando percibe que en la cima del poder no hay firmeza, sino provisionalidad disfrazada de gobierno.

A eso se suma otro problema: ministros cuestionados, ruido político constante y una impresión cada vez más sólida de desgobierno. Balcázar no solo parece débil frente a la crisis; parece desbordado por ella. Y cuando un presidente transmite esa imagen en un momento de tanta fragilidad nacional, el costo no lo paga solo él. Lo paga todo el país.

El 49,6% de desaprobación no es solo una cifra. Es una advertencia. Balcázar todavía está a tiempo de reaccionar, pero cada día que pase sin liderazgo real convertirá esa advertencia en una condena política más profunda.

Reflexión final
El Perú no necesita a un presidente que administre la inercia ni a un mandatario que sobreviva hasta julio mirando cómo el país se deteriora en piloto automático. Necesita alguien que gobierne. Porque cuando el crimen manda, la política titubea y el Ejecutivo solo espera llegar al final del plazo, la desaprobación deja de ser un problema de encuestas y se convierte en una señal de peligro nacional.

Fuentes: CPI y RPP, encuesta nacional urbano-rural difundida el 26 de marzo de 2026.

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