Leptospirosis en Perú: nueve muertos y más de 1.200 casos

En el Perú, las enfermedades no siempre avanzan solo por la fuerza de una bacteria. Muchas veces avanzan también por la debilidad de un Estado que conoce los riesgos, identifica las zonas críticas, repite campañas preventivas y aun así vuelve a llegar tarde. La leptospirosis ya deja nueve muertos y más de 1.200 casos en lo que va del 2026. Y aunque el dato debería provocar una reacción nacional, lo más probable es que termine archivado como una emergencia más dentro del largo expediente de precariedades que el país ha aprendido a tolerar. Lo grave no es solo el brote. Lo grave es la costumbre de actuar cuando la tragedia ya tiene cifras.

La leptospirosis no cayó del cielo como un fenómeno inexplicable. Se transmite por contacto con agua o suelos contaminados con orina de animales infectados, especialmente roedores. Es decir, prospera exactamente allí donde el abandono público encuentra su mejor terreno: agua insegura, desagües deficientes, inundaciones mal gestionadas, basura acumulada y comunidades enteras obligadas a convivir con condiciones que no deberían normalizarse en pleno 2026.

Loreto lidera los contagios con 354 casos. Le siguen Ucayali, San Martín y Tumbes. No estamos hablando de coincidencias estadísticas. Estamos hablando de regiones donde la vulnerabilidad sanitaria lleva años instalada, donde la prevención suele depender más del esfuerzo individual que de una política pública sostenida y donde las lluvias no hacen más que desnudar la fragilidad de una infraestructura que nunca terminó de llegar o que llegó mal.

Y allí aparece la hipocresía institucional de siempre. Cuando el brote ya está en expansión, las autoridades recomiendan evitar el contacto con aguas estancadas y reforzar la higiene. El consejo suena correcto, pero resulta insuficiente cuando miles de ciudadanos viven precisamente rodeados de esas aguas, sin drenaje adecuado, sin saneamiento efectivo y sin alternativas reales. Pedir prevención en medio de la precariedad sin corregir la precariedad es trasladar elegantemente la responsabilidad hacia quienes menos control tienen sobre su entorno.

La leptospirosis no solo revela una falla sanitaria. Revela una jerarquía perversa de prioridades. El país discute grandes anuncios, obras rimbombantes y promesas de modernidad, pero en demasiadas zonas todavía no puede garantizar algo tan elemental como un entorno que no enferme. Después llegan los partes epidemiológicos, las alertas, los operativos y los comunicados. Es decir, llega toda la burocracia del lamento, esa que aparece cuando ya hubo entierros, pero casi nunca cuando todavía había tiempo de evitar la infección.

Nueve muertos y más de 1.200 casos no son apenas el saldo de una bacteria agresiva. Son la factura de años de descuido, saneamiento insuficiente y prevención que existe más en el folleto que en la realidad cotidiana.

Reflexión final
La leptospirosis en el Perú no debería leerse solo como una enfermedad infecciosa. Debería leerse también como una denuncia. Porque cuando el Estado permite que una emergencia prevenible encuentre siempre el mismo escenario ideal para repetirse, deja de ser solo un espectador tardío y pasa a ser parte del problema. Aquí no matan únicamente las bacterias. También mata la resignación pública frente a lo que nunca debió volverse normal. (Foto: Infobae).

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