Elegir por descarte: el país que vota sin creer en nadie

En el Perú, votar ha dejado de parecerse a un acto de esperanza para convertirse, cada vez más, en un ejercicio de contención. Ya no se elige al mejor, al más preparado o al más íntegro. Se escoge, con resignación y cálculo de supervivencia, a quien parece menos riesgoso entre opciones que pocas veces inspiran verdadera confianza. Así, la democracia peruana ha terminado abrazando una costumbre inquietante: elegir por descarte. Y lo más grave no es que ocurra una vez, sino que se haya vuelto tradición.

Las Elecciones Presidenciales 2026 confirman ese deterioro. La oferta electoral ha vuelto a exhibir una mezcla de improvisación, personalismo, reciclaje político y candidaturas sostenidas más en la notoriedad que en la solvencia. En lugar de discutir proyectos de país serios, el debate público se ha visto atrapado entre escándalos, frases efectistas, marketing de campaña y una competencia por parecer menos cuestionable que el adversario. El elector ya no busca una convicción; busca una salida de emergencia.

Y así funciona el descarte: no voto por entusiasmo, sino para impedir algo peor. No respaldo un plan de gobierno, sino que intento bloquear un riesgo mayor. No confío plenamente, apenas tolero. Esa lógica, repetida elección tras elección, ha ido vaciando de contenido al voto y ha instalado una democracia defensiva, fatigada, emocionalmente exhausta. El problema es que gobernar un país no puede sostenerse indefinidamente sobre la resignación del elector.

Lo más peligroso de esta tradición no es solo su mediocridad política, sino su efecto moral. Elegir por descarte normaliza la pobreza del debate, rebaja los estándares ciudadanos y le envía a la clase política un mensaje perverso: no hace falta estar a la altura del país, basta con no ser el peor de la boleta. Y entonces aparecen los mismos vicios de siempre: promesas sin sustento, alianzas oportunistas, equipos oscuros, silencios estratégicos y candidaturas que apuestan más al miedo del votante que a su inteligencia.

Mientras tanto, los grandes problemas nacionales —inseguridad, corrupción, violencia, desigualdad, desgobierno— siguen esperando algo más que un mal menor. Pero el sistema insiste en ofrecer remiendos electorales donde debería haber liderazgo, ética y visión de Estado.

Elegir por descarte puede evitar un desastre inmediato, pero no construye una república sólida. Apenas administra el miedo. Y un país que vota así de manera permanente no fortalece su democracia: la debilita lentamente, elección tras elección, hasta convertir la resignación en costumbre nacional.

Reflexión final
La tragedia peruana no es solo tener malos candidatos. Es habernos acostumbrado a pensar que eso basta para seguir adelante. Cuando una sociedad deja de elegir con esperanza y empieza a votar solo para defenderse, la política ya perdió su sentido más noble. Y quizás esa sea la señal más dura de esta hora electoral: no estamos decidiendo entre futuros, sino tratando de sobrevivir al menos malo. (Foto: lacajanegra.blog).

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