Lo ocurrido con Roberto Sánchez en San Juan de Miraflores no debería despacharse como un incidente más de campaña. Que a un candidato presidencial le lancen botellas de agua, basura y huevos durante una actividad pública no solo retrata el rechazo que puede generar una figura política; también revela el nivel de deterioro al que ha llegado nuestra convivencia democrática. La escena, más que una protesta, pareció un síntoma: el de una ciudadanía cansada, crispada y desconfiada, y el de una política que ya no logra acercarse a la calle sin quedar expuesta al estallido.
La visita al mercado Cooperativa Ciudad de Dios buscaba proyectar cercanía con comerciantes y vecinos. Terminó, en cambio, convertida en una estampilla del desorden nacional. Hubo descoordinaciones desde el inicio, confusión en el ingreso, seguridad restringiendo accesos, simpatizantes enfrentados con detractores y, finalmente, objetos volando como si el debate público hubiera sido oficialmente reemplazado por la agresión.
Nada justifica que el rechazo político se exprese de esa manera. En democracia, la discrepancia debe ser firme, incluso severa, pero no violenta. El voto se combate con argumentos, con memoria, con fiscalización ciudadana y con participación. Sin embargo, también sería ingenuo analizar este episodio como un hecho aislado o meramente espontáneo. Cuando una parte de la población siente que la política le ha fallado demasiadas veces, el hartazgo encuentra salidas cada vez más peligrosas.
Eso no convierte la violencia en legítima, pero sí obliga a entender su contexto. En el Perú de hoy, los candidatos caminan sobre un terreno minado por la frustración acumulada: promesas incumplidas, escándalos, improvisación, oportunismo y una desconexión creciente entre quienes aspiran al poder y quienes apenas sobreviven al desgobierno diario. Por eso, cuando una visita política se sale de control, el problema no es solo del candidato agredido o de quienes lo atacan. El problema es de una democracia que empieza a normalizar la hostilidad como lenguaje.
Que Roberto Sánchez haya evitado hablar con la prensa y se haya retirado del lugar en medio de fuerte resguardo termina de completar una imagen muy elocuente: la campaña no dejó un mensaje, dejó una trifulca. Y cuando el ruido tapa a la política, lo que gana no es la ciudadanía. Gana el caos.
El lanzamiento de botellas, basura y huevos contra Roberto Sánchez es condenable. Pero también es una alerta. No solo sobre la seguridad de los candidatos, sino sobre el nivel de fractura social y política que atraviesa el país. La violencia no puede convertirse en método de evaluación electoral ni en espectáculo de campaña.
Reflexión final
Una democracia se desgasta cuando la plaza pública deja de ser un espacio para convencer y se convierte en un campo de expulsión. Hoy fue Roberto Sánchez. Mañana puede ser cualquier otro. Y si el país empieza a acostumbrarse a esa escena, entonces el verdadero blanco no será un candidato, sino la ya frágil dignidad de nuestra vida democrática. (Foto: Perú 21).
