El Niño Costero sacude Lima y expone la pobreza de la prevención

En el Perú, incluso el clima termina retratando al Estado. Basta que el mar se caliente, que el otoño se vuelva inestable y que Lima altere su rutina térmica para descubrir, una vez más, que la prevención sigue siendo el discurso favorito de las autoridades… siempre después del problema. El Niño Costero no solo está volviendo más volátil esta temporada; también está dejando en evidencia una vieja costumbre nacional: esperar que la naturaleza haga el anuncio, el daño y la advertencia, para recién entonces simular preocupación institucional.

Lo que ocurre en Lima no debería leerse como una simple rareza meteorológica ni como una conversación inofensiva sobre si “hace más calor de lo normal”. El fenómeno altera temperaturas, modifica lluvias, cambia patrones y golpea de forma desigual a distintas regiones. Pero aquí aparece la verdadera incomodidad: mientras los especialistas explican anomalías, la gestión pública sigue funcionando con la lógica del parche. Se informa cuando ya subió la temperatura, se advierte cuando ya cambió el patrón, se monitorea cuando ya comenzó la incertidumbre. El país no llega antes; llega tarde, redacta comunicados y confía en que el ciudadano se adapte solo.

Lima, además, parece vivir atrapada entre la desmemoria y la improvisación. Cada episodio climático anómalo confirma que la ciudad sigue siendo profundamente vulnerable: infraestructura insuficiente, drenaje limitado, urbanización desordenada, escasa cultura de prevención y autoridades que hablan de resiliencia como si esa palabra pudiera reemplazar obras, planificación y liderazgo. El otoño se vuelve más cambiante, pero la respuesta pública sigue siendo tristemente estable: observación, declaración y demora.

Lo más inquietante es que esta fragilidad ya no puede atribuirse únicamente a la fuerza del fenómeno. También responde a la debilidad de la gestión. Porque cuando una ciudad sabe que enfrenta alteraciones climáticas cada vez más frecuentes y aun así no fortalece su capacidad de respuesta, deja de ser víctima exclusiva de la naturaleza para convertirse en rehén de la negligencia. Y allí el problema ya no es solo ambiental: es político.

Se nos repite que El Niño Costero tiene impactos diferenciados, que depende del calentamiento del mar, de la región y de la estación. Correcto. Pero esa explicación científica, indispensable y seria, no puede servir de coartada para la pasividad. La variabilidad del fenómeno no justifica la rigidez del Estado. Al contrario: obliga a una gestión más inteligente, más flexible y mucho más responsable.

El Niño Costero está alterando el otoño limeño, sí. Pero también está haciendo algo más incómodo: desnudar la precariedad con la que seguimos enfrentando riesgos previsibles. El clima cambia; la improvisación oficial, no.

Reflexión final
Tal vez el problema no sea solo que Lima tenga un otoño más volátil. Tal vez el verdadero escándalo sea que el país siga administrando amenazas climáticas con una mezcla de costumbre, lentitud y resignación. Porque cuando la naturaleza avisa y el poder apenas reacciona, el desorden del tiempo termina pareciéndose demasiado al desorden del gobierno. (Foto: El Popular).

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