El Perú crece, pero la pobreza sigue condenando regiones

El Perú vuelve a exhibir una de sus contradicciones más crueles: la economía crece, pero millones de peruanos siguen atrapados en la pobreza. Mientras el discurso oficial celebra cifras macroeconómicas y habla de recuperación, regiones enteras continúan sobreviviendo entre abandono, informalidad y precariedad. Aunque en 2025 unas 567.000 personas dejaron la pobreza, todavía existen más de 8,8 millones de pobres en el país y regiones como Cajamarca, Loreto, Puno, Pasco y Huánuco mantienen niveles superiores al 35%. La pregunta ya no es económica. Es política, moral y estructural: ¿para quién está creciendo realmente el Perú?.

La economía nacional avanzó 3,4% en 2025, pero ese crecimiento no llegó de manera proporcional a las familias que más lo necesitan. Cajamarca es la prueba más dura del fracaso del modelo. La región creció 7,5%, impulsada principalmente por minería y servicios, pero sigue encabezando los índices de pobreza monetaria del país. El agro —actividad de la que viven miles de hogares rurales— apenas avanzó 1,9%. Es decir, la riqueza se mueve, pero no baja. El crecimiento circula en cifras, pero no en las mesas de las familias pobres.

En Loreto, el problema tiene nombre y apellido: abandono estatal. El aislamiento geográfico sigue encareciendo alimentos, transporte y oportunidades. En Puno, Pasco y Huánuco, la informalidad, el rezago educativo y la precariedad laboral condenan a generaciones enteras a sobrevivir lejos del desarrollo. Mientras Lima debate inversiones, mercados y estabilidad macroeconómica, millones de peruanos siguen viviendo sin agua segura, sin salud digna, sin carreteras y sin empleo formal.

Durante años se vendió la idea de que el crecimiento económico resolvería automáticamente la pobreza. Pero el tiempo terminó desmontando ese relato. El Perú puede crecer en minería, exportaciones y servicios, mientras la desigualdad territorial continúa intacta. Ese es el verdadero rostro del problema: un país donde el crecimiento beneficia más rápido a los indicadores que a las personas.

La gran tragedia nacional es que el Estado parece haberse acostumbrado a administrar la pobreza en lugar de combatirla. Los gobiernos pasan, cambian ministros, cambian discursos y cambian prioridades electorales, pero las regiones pobres siguen esperando lo mismo desde hace décadas: caminos, escuelas, hospitales, conectividad, agua, crédito y oportunidades reales. El centralismo continúa absorbiendo recursos y decisiones, mientras el Perú rural observa cómo el supuesto crecimiento nacional rara vez toca sus vidas.

Desde esta tribuna, la posición es clara: el Perú necesita dejar de confundir crecimiento económico con desarrollo social. Un país no progresa porque sube el PBI, sino porque disminuye la desigualdad y mejora la calidad de vida de su población. Y eso no está ocurriendo al ritmo que el país necesita.

Reducir brechas exige mucho más que discursos optimistas. Requiere inversión pública eficiente, fortalecimiento de la agricultura familiar, infraestructura rural, educación de calidad, formalización laboral y políticas que conecten a las regiones olvidadas con el desarrollo real. De lo contrario, el crecimiento seguirá siendo una fotografía bonita para los informes técnicos y una realidad invisible para millones de peruanos.

Porque mientras Cajamarca siga creciendo y continúe siendo pobre, mientras Loreto permanezca aislado y mientras millones sobrevivan en informalidad y abandono, el Perú seguirá celebrando estadísticas que no logran ocultar una verdad incómoda: el crecimiento económico, por sí solo, no está salvando al país de la desigualdad. (Foto: Infobae).

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