El Perú no despegará mientras siga gobernando la improvisación

Las naciones que hoy lideran el desarrollo mundial no llegaron a esa posición por casualidad. Lo hicieron gracias a décadas de planificación, políticas de Estado, instituciones sólidas y una visión que trascendió los gobiernos de turno. El Perú, en cambio, parece haber elegido el camino contrario: administrar la coyuntura antes que construir el futuro.

Gobierno tras gobierno se anuncian transformaciones significativas, pero el país continúa atrapado en una sucesión de crisis que evidencian la ausencia de un verdadero proyecto nacional. La improvisación ha terminado convirtiéndose en una forma de gobernar.

El Perú posee enormes ventajas competitivas. Cuenta con abundantes recursos naturales, una ubicación geográfica estratégica, una población emprendedora, una extraordinaria riqueza cultural y un inmenso potencial turístico. Sin embargo, ese potencial sigue sin traducirse en desarrollo sostenido porque el Estado continúa reaccionando a los problemas en lugar de anticiparse a ellos.

Durante los gobiernos de Pedro Castillo, Dina Boluarte, José Jerí y actualmente José Balcázar, el país ha transitado entre crisis políticas, cambios constantes de ministros, enfrentamientos institucionales y decisiones de corto plazo que han dificultado la continuidad de las políticas públicas.

Mientras otros países diseñan estrategias para los próximos treinta o cincuenta años, el Perú muchas veces gobierna pensando en la siguiente crisis política o en el siguiente cambio de gabinete.

Las consecuencias son visibles. Hospitales que tardan años en construirse, carreteras inconclusas, proyectos de irrigación paralizados, infraestructura educativa deficiente, pérdida de competitividad, burocracia excesiva y una creciente desconfianza de inversionistas nacionales y extranjeros.

A ello se suma la falta de un verdadero planeamiento nacional. Cada administración modifica prioridades, cambia programas, reemplaza equipos técnicos e inicia nuevos proyectos sin culminar los anteriores. Esa discontinuidad impide consolidar reformas profundas y condena al país a empezar de nuevo cada cinco años.

La improvisación también tiene un elevado costo económico. Retrasa inversiones, desalienta el empleo formal, incrementa los sobrecostos del Estado y limita la capacidad del Perú para competir en un mundo donde la innovación, la tecnología y la productividad avanzan a vertiginosa velocidad.

Los países exitosos no improvisan su desarrollo. Lo planifican, lo financian, lo ejecutan y lo evalúan permanentemente.

El Perú necesita recuperar la cultura del planeamiento estratégico. No basta con administrar el presente; es indispensable construir una visión compartida de país que trascienda los intereses políticos y los periodos de gobierno.

Ello exige fortalecer el Centro Nacional de Planeamiento Estratégico (CEPLAN), profesionalizar la gestión pública, garantizar continuidad en las políticas de Estado e impulsar una reforma institucional que permita ejecutar proyectos con eficiencia, transparencia y visión de largo plazo.

Reflexión final
Los países que transformaron su historia entendieron que el desarrollo no nace de la improvisación, sino de la planificación sostenida, la estabilidad institucional y el liderazgo responsable.

El Perú seguirá desaprovechando su enorme potencial mientras continúe gobernando para la urgencia y no para las próximas generaciones.

Porque las colosales naciones no se construyen resolviendo únicamente la crisis del día. Se construyen imaginando el país que se quiere dentro de treinta años y tomando hoy las decisiones necesarias para hacerlo realidad. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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