La visita del papa León XIV al Perú en noviembre de 2026 no solo tendrá un profundo significado religioso. También traerá de regreso una de las reflexiones más incómodas para el fujimorismo. Mucho antes de convertirse en pontífice, Robert Prevost dejó una posición clara frente a uno de los capítulos más dolorosos de la historia peruana: Alberto Fujimori debía pedir un perdón auténtico y explícito por las víctimas de Barrios Altos y La Cantuta, y no limitarse a una disculpa genérica.
Hoy, el destino coloca frente a frente dos símbolos cargados de historia. León XIV será recibido oficialmente por la presidenta Keiko Fujimori, hija del expresidente condenado por violaciones a los derechos humanos. Más que un acto protocolar, el encuentro inevitablemente evocará aquellas declaraciones pronunciadas en 2017, cuando el entonces obispo de Chiclayo cuestionó el indulto humanitario otorgado por Pedro Pablo Kuczynski.
Las palabras de Robert Prevost nunca buscaron alimentar la confrontación política. Su mensaje fue esencialmente moral. Sostuvo que el perdón solo adquiere verdadero sentido cuando nace del reconocimiento expreso del daño causado. En aquel momento afirmó que Alberto Fujimori había pedido disculpas «de una forma genérica» y que resultaba necesario reconocer directamente «las grandes injusticias» por las cuales fue juzgado y sentenciado.
Esa postura conserva plena vigencia. Las heridas de Barrios Altos y La Cantuta no pertenecen únicamente al pasado judicial del Perú. Representan una deuda permanente con la memoria, la justicia y las familias que durante décadas han esperado que el Estado y sus protagonistas políticos coloquen la verdad por encima de cualquier conveniencia.
Precisamente por ello, la visita de León XIV adquiere un enorme contenido simbólico. Será recibido por un gobierno encabezado por Keiko Fujimori, heredera política del apellido que marcó una de las etapas más polarizantes de la historia republicana. La fotografía institucional podrá mostrar cordialidad diplomática, pero difícilmente borrará el peso histórico de aquellas declaraciones.
La reconciliación nacional no puede edificarse únicamente sobre discursos de unidad. Requiere memoria, reconocimiento y respeto por las decisiones judiciales. Ningún país fortalece su democracia cuando intenta convertir las violaciones de derechos humanos en simples debates ideológicos o en episodios sujetos a conveniencias electorales.
Las democracias sólidas comprenden que la paz no nace del olvido. Nace cuando las víctimas sienten que el Estado reconoce su dolor y cuando quienes ejercieron el poder asumen responsabilidades políticas y morales frente a los hechos que marcaron la historia nacional.
Desde La Caja Negra consideramos que el regreso de León XIV representa una oportunidad para que el Perú reflexione sobre la importancia de la verdad como fundamento de la reconciliación. El mensaje que Robert Prevost expresó en 2017 no fue contra una familia política ni contra un sector ideológico. Fue un llamado a colocar la dignidad humana por encima de cualquier cálculo partidario.
La verdadera reconciliación exige reconocer el sufrimiento de las víctimas de Barrios Altos y La Cantuta sin ambigüedades, sin relativizaciones y sin intentos de reescribir la historia. Ese principio fortalece la democracia y honra el Estado de derecho.
Cuando León XIV llegue nuevamente al Perú, volverá también el recuerdo de una frase que sigue interpelando a la política peruana: el perdón solo tiene sentido cuando reconoce con claridad las injusticias cometidas. Ese mensaje continúa siendo una lección pendiente para quienes aspiran a conducir el país.
Reflexión final
La historia suele ofrecer segundas oportunidades para demostrar grandeza. En noviembre, el Perú no solo recibirá al Papa. También recibirá el recordatorio de que ningún proyecto político puede construir un futuro sólido mientras siga evitando mirar con honestidad las páginas más dolorosas de su propio pasado. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
