La Copa Perú es considerada el torneo con mayor participación de equipos del planeta. En sus etapas distrital, provincial, departamental y nacional puede movilizar, según estimaciones históricas, entre 12.000 y 13.000 clubes. Ninguna competencia representa con tanta amplitud al Perú profundo ni despierta semejante identificación entre barrios, comunidades y provincias. Sin embargo, esa grandeza convive con una contradicción indignante: el campeonato más numeroso también es el más abandonado, informal y vulnerable del fútbol nacional.
Miles de futbolistas recorren carreteras, trochas y geografías extremas para defender la camiseta de su pueblo. Juegan por identidad, orgullo y esperanza. Pero muchos encuentros se disputan en campos desnivelados, sin césped, camerinos apropiados, cercos seguros, ambulancias operativas ni atención médica especializada. Solo cuando llegan las fases decisivas aparecen los estadios adecuados, las autoridades que permanecieron ausentes durante la extensa ruta distrital y provincial.
Durante años se ha utilizado la expresión “fútbol macho” para romantizar la precariedad. Jugar en condiciones indignas no demuestra mayor valentía: revela negligencia. La pasión no reemplaza los protocolos de seguridad, así como el sacrificio de los jugadores no puede servir para ocultar la falta de planificación.
La historia reciente del torneo registra episodios que podrían parecer pintorescos si no fueran alarmantes: partidos interrumpidos por ataques de abejas, campos invadidos por vacas y encuentros desarrollados bajo tormentas eléctricas. También se han conocido casos de jugadores afectados por rayos. Cuando una competencia carece de protocolos climáticos, equipos médicos y capacidad de respuesta, la anécdota deja de provocar sonrisas y comienza a describir un riesgo mortal.
El desorden continúa fuera del terreno. Reclamos por inscripciones, arbitrajes cuestionados, fallos tardíos, cambios de programación, amenazas y agresiones contra jueces deterioran la credibilidad. Las denuncias sobre posibles redes de intereses, arreglos y actos de corrupción deben investigarse con independencia y resultados públicos. Resolver en el escritorio lo que no se pudo ganar en la cancha, o decidir cuando el campeonato ya avanzó, convierte la justicia deportiva en una carrera siempre retrasada.
Mientras tanto, numerosos clubes sobreviven mediante rifas, polladas, parrilladas y bailetones. Las madres cocinan, los comerciantes colaboran, los vecinos compran tarjetas y los hinchas completan el dinero para pasajes, alimentación, uniformes y hospedaje. El pueblo termina financiando aquello que la estructura oficial presenta como un gran sistema nacional de competencia.
La FPF no puede limitarse a administrar inscripciones, emitir resoluciones y aparecer durante las finales. Su responsabilidad comienza en la primera etapa. Debe establecer escenarios certificados, seguros para futbolistas, ambulancias, personal médico, protección arbitral, calendarios previsibles, registro digital, control financiero y sanciones efectivas contra la violencia y las irregularidades.
Además, la Copa Perú debería ser la mayor red de detección de talento del país. Con miles de equipos en competencia, resulta incomprensible que no exista un sistema nacional permanente de observación, formación y seguimiento de jóvenes futbolistas. Se moviliza una multitud, pero no se construye desarrollo.
La Copa Perú necesita una reforma integral, profesional y descentralizada. Su inmenso alcance territorial debería convertirla en la base del fútbol peruano, no en la exhibición más dolorosa de su precariedad institucional.
Reflexión final
El torneo más grande del planeta no puede seguir en abandono total. Si los clubes deben rifar su supervivencia, los árbitros temer por su seguridad y los jugadores exponerse en escenarios inadecuados mientras la FPF administra su distancia, la Copa Perú dejará de ser el sueño de los pueblos para convertirse en el monumento nacional de la improvisación. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
